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Curso 1984

Tabla de contenidos

Curso 1984 es un fiel reflejo de la violencia de una década que no veréis en la moda ochentera de nuestros días.

Hemos idealizado los años 80’s hasta lo ridículo.

Una moda pasajera que vive con la vista puesta en el espejo retrovisor y cuyos seguidores parecen pensar que todo lo que pasaba en aquellos días era maravilloso. Como buen espejo, lo que vemos es una visión distorsionada de la realidad. De hecho, si os fijáis en el cristal de un espejo retrovisor leeréis una leyenda: «los objetos están más cerca de lo que aparentan«. Es decir, que lo que vemos a lo lejos, por el efecto óptico del cristal, lo tenemos más cerca de lo que creemos y entraña un peligro.

Los 80’s

Si el espejo retrovisor del coche te advierte que su propia imagen está distorsionada, alguien podría avisar a quienes idealizan los 80s de la basura que no os cuentan.

Mientras tanto vemos, leemos y escuchamos a blogueros, podcasters e influencers presumiendo de haber vivido los 80s. Y muchos de ellos lo habrán hecho en pañales, porque nacer en 1980, o en 1986 no significa que vivieras los 80s, a tope. Porque eras un crío.

Ayer escuché a un podcaster contar cómo fue su experiencia cuando descubrió El padrino, presumiendo de ochentero. Dijo que tendría entre cuatro y seis años cuando la vio. A se nivel de impostura (ridícula) hemos llegado. Yo no vi El padrino hasta que estuve en la universidad, a mediados de los 90s, y me enamoré de ella. Pero no se me ocurrirá jamás ir diciendo que la vi en los 80s para tirarme al rollo ochentero y quedar como un cretino.

El Madrid de los 80s

Para haber vivido los 80s deberías estar en edad de comprender lo que pasa a tu alrededor. Es decir, tener, por lo menos, unos catorce años. Y lo digo yo, que nací en 1974, por lo que viví esos 80s en su segunda mitad. Breves pero intensos, creedme. Aunque de ello os hablaré cuando publique mi novela de las postmovida madrileña. Os decía que «breves, pero intensos«, y no os mentía, porque esos años fueron años duros que forjaron tipos duros. Porque te endurecías o terminabas arrinconado y burlado por todos los demás.

Pero los niños salían fortalecidos del colegio. Maduraban. Aprendían a enfrentarse a la vida, a llevarse golpes, que nos llevamos todos y nos los llevaremos por toda la vida., y a sobrevivirlos. Pero solo si aprendes a soportar esos golpes de juventud, y te endureces, y te enfrentas a ellos por ti mismo, sólo entonces sabrás enfrentarte y superar los golpes en tu madurez. Porque creedme «hipersensibles blanditos y políticamente correctos«: los golpes los recibiremos toda la vida, y si vosotros no estáis dispuestos a mirarlos a la cara y a enfrentaros a ellos, en solitario, sin lloriquear, sí que habrá alguno ahí fuera dispuesto a golpearte. La vida es muy perra.

Otra cosa es a nivel institucional… En las películas de los 80s vemos ciudades ásperas y violentas. No lo era menos el Madrid de los 80s. En tiempos de los socialistas Enrique Tierno Galván y de Juan Barranco vivimos los años más sucios, violentos y caóticos de Madrid. Las tribus urbanas campaban a sus anchas: Skinheads, Mods, Rockers, Punkis y Heavis pululaban por las calles adueñándose de los barrios.

«El que no esté colocado, que se coloque y ¡al loro!»

Enrique Tierno Galván, alcalde socialista de Madrid 1979-1986

El propio Tierno Galván se hizo famoso por decir la frase que leéis encima. En un pregón casca lo de «Bien, bien, bien… un minuto, sólo un minuto… Rockeros, el que no esté colocáo que se coloque, ¡y al loro!«. No puede haber una inducción más clara, desde una institución, al consumo de drogas. Y por parte de todo un Sr. Alcalde.

Claro que esos fueron tiempos duros. Durísimos. A las tribus rubanas había que sumar los atracos cotidianos. Una veces los gitanos, que nos disparaban con tirachinas en Plaza de España, cuando pasábamos rumbo al colegio. Y cuando pasábamos la plaza seguían cazando palomas. No quiero pensar con qué fin.

Pero lo peor eran los yonkis. Te cruzabas con ellos a diario y, si salías alguna noche, tenías que irlos sorteando, en según qué zonas de Madrid, pues se pinchaban la heroína en los parques, en las plazas y donde les diera la gana. Hasta el punto de que se hizo imposible jugar al fútbol sala, o al fútbol, en parques, pistas de fútbol sala o en el césped del Templo de Debod, del Parque del Oeste y en la Casa de campo porque ibas pisando montones de jeringuillas con sangre.

Y ahora le ríen la gracia al Sr. Alcalde porque era super progre inducir al consumo de drogas a los jóvenes. Raro es el muchacho de entonces, cuarentones y cincuentones (como yo) de nuestros días, al que no le atracaran a punto de navaja o le pusieran una jeringuilla ensangrentada en el cuello para robarle todo cuanto llevara encima. Y todo con la amenaza de «te pincho y te meto un sidazo que te deja tieso».

¿Sigues siendo un nostálgico de los 80s?

En el otro extremo de la balanza estuvieron las cacerías de yonkis. Como lo oís. Probablemente el único momento de tregua entre los ultras del Madrid y del Atleti, que se armaban hasta los dientes para ir a apalizar a yonkis. Había que verlos pasar con sus bufandas en el rostro, ocultando sus identidades. De Ultras Sur y del Frente Atlético. La peli que mejor ilustra la vertiente futbolera de esos años es la inglesa Hooligans. Y la mejor sobre tribus urbanas, para mi gusto, es Quadrophenia. A ésta última dediqué un podcast de cine en Antena Historia: Mods y Rockers – Quadrophenia y las tribus urbanas.

Los 80’s Woke

Entonces no se hablaba de lo políticamente correcto. Ni se hablaba de paridad, igualdad, integración, ni multinada.

La gente hablaba como pensaba. No como hoy, que muchos callan lo que piensan por miedo a expresarlo sin filtros y a que por ello les caiga la censura woke encima y le envíen sus hordas de trolls, orcos, ogros y demás caterva progre. Los mismos progres que fomentan la moda ochentera pero con filtro woke, y la proyectan en sus pelis y en sus series cambiando la mismísima naturaleza de esos 80s. Aprovechan la moda para cambiar lo que se supone que refleja esa moda. Nos cambian el pasado a los veteranos para que las nuevas generaciones no entiendan nunca que les están robando su futuro. Su identidad.

Pues bien. Toda esa magia ochentera queda deslucida y desfigurada con pelis como Curso 1984. Y me tiemblan las canillas comparándola con Sala de profesores, un ejemplo fabuloso de cómo ese wokismo perverso y pervertido ha carcomido uno de los pilares de la Sociedad Occidental: la Educación.

Hasta en Regreso al futuro vemos que los chavales han vivido, viven y vivirán entre abusones y sólo los que aprendan a enfrentarse a sus miedos saldrán adelante. Porque nuestros padres no estarán ahí siempre, para sobreprotegernos. Ni la masa de las redes sociales… Cuando te lleguen los golpes de verdad, que llegarán, estarás solo y solo tendrás que afrontarlos para superarlos o te hundirás en la miseria. Por lo que no es sano física, intelectual ni psicológicamente sobreproteger a los muchachos de nuestros días, concederles todos los caprichos, exonerarles de las responsabilidades de sus actos y no enseñarles a asumir un «no» por respuesta, ni a tener que esperar para conseguir algo.

Los verdaderos 80s fueron duros. Y qué deciros de los 70s. Ambas décadas reúnen el mejor cine, para mi gusto, y la mejor música. Hasta las mejores series de televisión. Pero de ahí a idealizar toda esa sociedad, y de ahí a vivir en 2021 fingiendo que nunca llegaron los 90s es de necios.

Curso 1984

La peli está basada en la novela de 1954 The blackboard jungle, o La jungla de la pizarra, de Evan Hunter y es un remake de la peli Blackboard jungle de 1955, dirigida por Richard Brooks.

El profesor de música, Andrew Norris es el mejor ejemplo de todo lo que os he dicho en la presentación.

Es el perfecto ejemplo de superación. De lucha contra la injustica. Ejemplo de valor en contra del abusón, del violento, del que se pasa por el forro las normas de educación. Y del que protege al débil, que no frágil, del abuso del fuerte. Él no es fuerte en el sentido físico de fortaleza. Su fuerza radica en sus principios y en sus valores. Y en su permanente defensa de las normas y de las leyes.

Luego está Peter Stegman. Un muchacho brillante pero descarrilado. Un pandillero. Peor aún, el líder de una pandilla de punkis neonazis (habéis leído bien, estas cosas existían en los 80s). Después de los mods, y de los punkis, llegaron los Skinheads, y los primeros fueron de ultraizquierda. Aunque ese nombre, Skinheads se lo apropiaron después los neonazis, por lo que los verdaderos y originales cabezas rapadas, que eran el último punto de radicalización del punki pasaron a conocerse como Red Skins.

Pues bien. Ese Stegman, un chaval que da la espalda a un futuro brillante y se mete en el submundo de la ultraviolencia dirá a Andrew «Life is pain, pain is everything» o: «La vida es sufrimiento y el sufrimiento lo es todo«. Y lo peor es que tiene razón. De ahí la versión optimista del mismo dicho: «No pain, no gain» o: «Sin sufrimiento no hay Gloria, o felicidad«. Por lo que esa simple frase, preñada de realismo, resume todo cuanto yo he intentado defender desde el principio. Que tienes que pasarlas canutas para valorar la vida y disfrutarla de mayor.

¿¡Punkys fascistas!?

Ya os lo decía.

Y si no lo eran, fingían serlo, para provocar. Que se lo digan a Jaime Urrutia, el cantante de Gabinete Caligari, que en su primera actuación en Rock-Ola se presentaron al grito de «Hola somos Gabinete Caligari y somos fascistas«. Esa broma los ha acompañado de por vida.

Pero sí los había. Y si no eran «fascistas» desde el punto de vista meramente político, sí desde el conductual, pues los punkis, que son la vertiente anarquista de la música, son intolerantes, violentos y agresivos, lo cual hermana al fascismo con el anarquismo y con el comunismo, como he dicho siempre: todos ellos hijos del socialismo. Si no me entendéis, leed 1984, o mi comentario sobre su adaptación. En breve publicaremos mi podcast sobre Orwell en Antena Historia.

Por eso vemos punkis en la película. Aunque vemos la esvástica invertida, por lo que, a simple vista, y para quienes no sean detallistas, podría simbolizar que el gordo que la luce una y otra vez es neonazi, el hecho de invertirla podría significar todo lo contrario. Nos da lo mismo, todas las ideologías mencionadas antes llevan al caos, el odio y la destrucción. A la anulación del ser, del individuo, a favor del colectivo. Alienación de la persona a favor de la manada.

Esa misma conducta, a escala, es la que provocan estas bandas y los mismos pandilleros que las integran. Despojos sociales que nadie los querría en su entorno que, aislados, buscan iguales a ellos, otros despojos, para suplantar la unidad familiar por la pandilla. En esa pandilla se sienten falsamente amados, y necesitados. Y ese anhelo mudo de amor es lo que los lleva a aborregarse y a retrolaimentar egos y falsos prejuicios. De ahí a liarla parda falta sólo una mirada. Un gesto… Cosa que, si no ocurre, la provocan, porque en la violencia encuentran el único credo que los hermana. Violencia que crea jerarquías y ya tenemos una manada de fieras en cuerpos humanos.

Class of 1984

Ya tenemos a los protagonistas a quienes habrá que sumar a Arthur, el buen chaval que representa el esfuerzo, la educación y el miedo a los matones. Lo más divertido es comprender que este Arthur es Michael J. Fox en su segunda película (esta es de 1982). La cuarta será Regreso al futuro, de 1985. Su personaje es entrañable, así como Deneen, una muchacha que toca el clarinete.

¿Clarinete? de eso va la peli. Precisamente. De un profesor de música sustituto que se pone a dar clases en un instituto del tipo al que él no está acostumbrado. Un sitio demencial y caótico en el que los buenos muchachos languidecen a la sombra de los macarras.

Andrew alucina con el detector de metales que hay en la entrada del cole, y el director le explica que si lo tienen es porque es necesario. Abro un paréntesis para recordaros algo que ya he mencionado en alguna ocasión. Sobre mi estancia en Minesota. Yo iba a un High School, y en ese no había detectores de metales, pero los hijos de la familia con la que vivía iban al Middle School (14 y 11 años) y en su instituto sí pasaban todos los alumnos por un detector de metales y eran cacheados por la policía, ahí lo dejo. Y lo mío era en el curso 92/93, de la «Clase de 1993«.

Películas de coles conflictivos

Es la clásica peli del profe nuevo que se enfrenta a todos los problemas, acumulados durante una década, a los que el resto del claustro, de los alumnos y la dirección no se han atrevido a enfrentar. Para ello lucha contra viento y marea se hace enemigos en ambos bandos: gamberros y profesores.

Los primeros se revuelven porque el profesor amenaza con romper el Status Quo en el que impera su anarquía violenta. Los profes se revuelven porque romper ese Status Quo hace que se sientan amenazados por quienes campaban a sus anchas mientras que ellos miraban para otro lado.

Hay un tercer grupo. El de las víctimas. Es el grupo con el que me solidarizo siempre. Los buenos alumnos. Aquellos con valores, educados y que comprenden que la escuela es una oportunidad para forjar su yo del futuro. Estos son las víctimas cotidianas de los anarquistas como estos punkis. Son amenazados, robados, atracados, atacados y vejados a diario. Los profes que miran para otro lado son igual de culpables que los pandilleros, porque podrían actuar, deberían actuar, pero no se quieren meter en líos.

Y luego está Andrew Norris. El profe de música que sufre viendo a los buenos chavales malgastar su juventud sin poder estudiar bien. Y sufre porque comprende que alguno de los macarras tendría futuro si abandonaran la pandilla. Pero la pandilla los centrifuga.

Pandilleros…

No es la primera peli de pandilleros en el fancine. Rebeldes, La naranja mecánica, Green Street Hooligans, Escoria y la mítica The Warriors la precedieron. Y American History X, Grease y Quadrophenia… Como veréis me gustan estas pelis, y todavía me quedan títulos por incluir.

Clase de 1984 da varios giros dramáticos que la sumergen en una espiral de violencia inusitada que hará que empiece por la violencia psicológica dentro de las aulas del instituto. Suba a la violencia callejera, y física, cuando los pandilleros abandonan las aulas y no se ven constreñidos a las normas escolares.

La peli dará dos vueltas de tuerca más, cuando uno de los profesores pierda la cabeza, harto de los delincuentes, e intente tomarse la justicia por su mano y, sobre todo, cuando los pandilleros secuestren a la mujer del profesor. Desde este momento, que por un instante me hace evocar a La naranja mecánica la peli se precipita hacia un final caótico y violento.

El concierto

El clímax de la peli tiene lugar cuando se va a celebrar un concierto en el instituto.

Es el fruto del trabajo de Norris. Pero, y, sobre todo, es el premio que se merecían los buenos estudiantes. Eu oportunidad para demostrar al resto del instituto, a los profesores, compañeros y padres, el fruto de su esfuerzo y de su trabajo curante un curso entero.

Cuando Norris se dispone a iniciar el concierto recibe un sobre con una foto de su mujer secuestrada y, aparentemente violentada, forzada y violada por los pandilleros. El profe, director de la orquesta sale pitando y deja a todos plantados, pese a su dolor porque aprecia a los muchachos. La suerte es que su labor como profesor ha sido tan buena que no sólo ha sacado lo mejor de la banda, sino que, además, ha encorajinado a Denee hasta el punto de insuflarle confianza para sustituir al profesor y director de orquesta para poder celebrar el concierto.

Norris empieza otra película en un laberinto de pasillos que van del gimnasio a los laboratorios, Todo a oscuras, ni una sola luz. Recibe una paliza, ve a su mujer secuestrada en manos de los pandilleros y entonces, cuando escapa de las garras de los violentos se arma y se prepara para pelear contra los punkis.

Curso 1984 y el cine gore

Norris no sólo se enfrenta a los pandilleros, sino que los mata uno por uno. En un festival gore breve, pero intenso.

El primero contra el que pelea intenta cortarle el rostro con una sierra, pero él logra amputarle el brazo primero y ensartar la sierra en la su columna. El segundo muere calcinado porque Norris lo lleva hasta un charco de gasolina y le prende fuego. La tercera muere aplastada en un coche, mientras ella misma aplasta al que estaba en llamas atropellándole.

La pelea final tiene lugar entre el jefe de los punkis y Norris en la azotea del cole, que coincide con la claraboya que está encima del escenario del concierto. La pelea se prolonga, entre Norris y Peter Stegman. Todo termina cuando Peter se queda colgando en una maraña de cabos y cuerdas sobre la claraboya. Norris hace un último esfuerzo para salvar al punki, pero éste se revuelve y le corta con una navaja a lo que el profesor responde soltándolo y el macarra cae al vacío.

Su muerte, alegórica, tiene lugar cuando cae al vacío, enredado en las cuerdas, rompe la claraboya que hay sobre el escenario del concierto y queda ahorcado sobre la orquesta. Un final feliz y perfecto.

La mejor frase de la peli es la que Norris el dice a Arthur (Michael J. Fox) cuando le visita en el hospital y le pide que testifique contra la banda. El muchacho se muere de miedo, Norris le dice que más muchachos sufrirán, Arthur no se atreve y, al final, Norris le dice: «The only rights that we have are those that we are willing to fight for«. Que, traducido al español quiere decir: «Los únicos derechos que tenemos son aquellos por los que estamos dispuestos a pelear«. No puedo estar más de acuerdo con el mensaje de esta película.

Pelis de pandilleros

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