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El caso Hübener

Tabla de contenidos

El caso Hübener es esa tarta casera de las que preparaban nuestras abuelas cuando íbamos al pueblo a pasar unos días. Es saborear tu juventud, cuando soñabas con los ojos abiertos y tu sueños los compartían tus amigos, igual de ingenuos que tú, a falta de un hervor para terminar de madurar. O empezar, que algunos ni se sabe… Es la nebulosa del primer amor y del horizonte por explorar con toda una vida por delante.

Pero también es la razón de la sinrazón. Es la burla grotesca, el desprecio a la verdad, la ignorancia de la realidad, la negación de la lógica, es la desinformación institucional, es fango, es posverdad, es propaganda, es Riefenstahl y es Goebbles, y el cianuro que empleó su mujer para llevarse consigo a sus criaturas angelicales, antes de caer en manos de los hunos. Es cerrar los ojos porque no quieres ver, es ser ciego falso, por voluntad. Es ese angelito que se convierte en demonio cuando crece, o que fue demonio desde que fue concebido, pero bello, hermoso, dulce y tenebroso que engatusa y embauca por igual.

Nacional Socialismo

El caso Hübeber es nacismo. Y fascismo, es socialismo y es comunismo. Es todos los ismos políticos que zarandearon la Europa del siglo XX y es todos los fantasmas del odio antisemita, de la legitimidad moral, y ética, de los adictos a Rousseau. Es «¡Legión esclava en pie a convencer! que no… «vencer.» Es perversión, putrefacción, corrupción y contaminación. Es el último golpe de aire viciado que termina con el canario en lo profundo de la mina. Pero también es la corriente que cruza tu hogar cuando abres el balcón y sientes una bocanada de oxígeno puro, que te limpia el corazón.

Esta película es todo eso, y mucho más. Es una fotografía superlativa. Es el destello en el exterior, la naturaleza abrupta y pura en la que se celebra la amistad y es, la oscuridad ponzoñosa que pesa como una losa en la conciencia de los personajes y nos la transmite a los espectadores. El caso Hübener es la tercera película capaz de conmoverme en mis décadas de cine solitario… la anterior fue La carretera, y la primera Cinema paradiso.

Es la juventud denegada. Una vida robada y truncada por el profundo delito de rendirte a la verdad y proclamarla a los cuatro vientos. Es el valor que te insufla saberte en el lado bueno de la Historia, de verdad. Es la mano firme, de pulso forjado al rojo vivo para desenvainar la verdad, esgrimirla con orgullo y batirte en un duelo imposible contra la realidad, que no la verdad, que está, estuvo y estará de tu parte. Es el relato que mató al dato. Engaño permanente, sistémico contra el que la juventud ideal, que no idealista, se rebela a golpe de swing y sin miedo a las consecuencias.

El caso Hübener es una balsa de armonía, en un mar de cacofonía. Es una rosa blanca que florece en un estercolero. Es todo eso, y más, y para empezar, es un peliculón.

El caso Hübener

Destila sencillez, que no simpleza.

Tiene un guion sencillo, pero eficaz. Nos cuenta una historia sin perderse por caminos paralelos, ni con explicaciones innecesarias. Es lineal y sus personajes son redondos, en el sentido literario de ver cómo empiezan siendo de una manera y terminan siendo de otra. Mediante su experiencia vital, madurando y enfrentándose a la realidad.

La peli empieza como toda buena peli protagonizada por amigos. Un paseo en bici, un chapuzón en el río y tumbar a un nazi de un puñetazo. ¿Puede haber algo mejor? Bueno… quizás tumbar a un comunista. Incluso a un nazi y a un comunista. Ahí me planto, que esto va de cine y no de placeres ocultos. Hablo del chapuzón en el río… también.

Porque esa pandilla de amigos es la esencia de esta historia en la que cuatro chavales van a ver sus vidas cambiadas de la noche a la mañana. Tras ese arranque bucólico, el pique para ver quién se tira desde un puente al agua del río. Si no habéis vivido esa sensación, tenéis que hacerlo. Como la del paseo en bici por el bosque, también tenéis que vivirla, y la del nazi. Subidones instantáneos de adrenalina. Testosterona a raudales y satisfacción personal.

Así es, como os decía, como empieza la peli. Haciéndonos sentir empatía con esos chavales, todavía inmaduros que están a un hervor de madurar, de golpe. A golpes. Sólo con esa secuencia ya conocemos, de sobra a los cuatro chavales. Y, lo que es más importante, sabremos que también ellos pertenecen a las juventudes hitlerianas. Menos Salomón, que es judío. Y cuando descubrimos su fe, intuimos que por ahí puede haber problemas.

Goebbels, 1984 y MAUS

Y no por su fe, por ser judío, sino por el antisemitismo con que Hitler pervirtió a su Alemania nazi, nacional-socialista. Un antisemitismo que vive un repunte en nuestros días que pone la piel de gallina a cualquier ciudadano decente y consciente del crimen que supone deshumanizar a alguien por su credo. Lo hizo Goebbles con sus ratas judías, lo vemos en nuestros días en toda Europa, y hasta en los Estados Unidos.

El odio busca siempre un enemigo común sobre quien proyectar frustraciones y, al demonizarlo, te metes a la población en el bolsillo. Sino, leeros MAUS, que lo recoge y lo refleja todo mejor que ninguna otra obra literaria, lo de las ratas y ratones incluido.

Es 1984 en estado puro. Si George Orwell levantara la cabeza se asustaría, y se avergonzaría, viendo su Inglaterra, y su Europa podrida como está. Es el Minuto del odio, el tuit de un desalmado que predica su hedonismo victimizándose… es la propaganda, las Fake News y la desinformación. Hasta el «print the legend» de John Ford. La negación de la verdad, de la realidad, de la Historia y de la decencia.

El judío

Me refiero a Salomon, pero antes de empezar, os digo que a partir de aquí haré espóiler.

Quien se asusta cuando va a misa, porque él es mormón, pero su madre tenía sangre judía. Ascendencia que le acarreará problemas, como puede comprender todo el que conozca la Historia del III Reich. Porque los judíos fueron forzados a llevar una especie de pasaporte que, en verdad, era un documento con su árbol genealógico que reflejaba si su portador era judío, o si lo eran sus padres, o un tío, o sus abuelos o bisabuelos, in importar si él mismo era practicante, o no.

El pastor mormón coloca un cartel en la puerta de su iglesia para negar el paso a los judíos. No porque fuera antisemita, sino para que los nazis vieran que era un buen alemán, impidiendo el acceso a los judíos. Igual de alemanes que él, pero judíos.

Esta es una de las historias, o subtramas en que se dividirá la película. Y es temprana, pues al pobre Salomon le vemos poco, pero él será el punto de apoyo de Arquímedes, y su protagonismo, pasivo y muy en contra de su voluntad, será decisivo para toda la peli, y para la historia real, pues no nos olvidemos que esta fue una historia real.

Dejemos tranquilo a Salomón por un rato, luego volveré a él. Y descubramos, ahora, al verdadero protagonista de esta peli…

Helmuth Hübener

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Es un crío.

Solo tiene 16 años y, en la peli, vemos cómo accede a su primer empleo ni más ni menos que en el Ayuntamiento de Hamburgo, gracias a su talento innato para escribir, cosa apreciada en los tiempos de Goebbles, cuya máquina propagandística tenía como cimientos la elaboración de textos no literarios.

Su trabajo es algo rudimentario, por supuesto, pues consistirá en archivar decenas, centenares y hasta miles de documentos en uno de los sótanos del consistorio. Un sótano en el que él campará a sus anchas entre archivadores y cajones repletos de información, salvo por un cuarto que está cerrado con llave y al que todos, menos un grupo de seleccionados, tienen negado el acceso. Obvio deciros que esta será su propia manzana prohibida, como buen intelectual, curioso e inteligente que es. Y más por la naturaleza de lo que, no tardará mucho, descubrirá que hay dentro.

Libros censurados

¿Qué os decía?

Menudo cóctel: un intelectual que descubre la Meca de la censura. Toda la Historia, la Filosofía y toda la Literatura prohibidas en la Alemania Nacionalsocialista al alcance de su mano.

Siempre que veo en una pantalla un libro censurado por Hitler y la Gestapo ejecutando dicha censura me viene a la cabeza el principio de la escena de la Gestapo tirando libros al suelo en una librería que he incluido al término de este artículo, y que pertenece a la película As de ases, protagonizada por Jean Paul Belmondo. Belmndo interpreta a Jo Cavalier, capitán del equipo olímpico francés de boxeo. Está en Berlín para competir en las olimpiadas de Berlín de 1936 (las que reflejó Leni Riefenstahl en Olimpia. Encontraréis un resumen del documental Riefenstahl en la sección Cosas de cine, aquí, en el fancine.

En esa escena vemos cómo Cavalier empieza a sacar libros de una estantería, lee el nombre del autor y el poli nazi se lo arranca de las manos y los tira diciendo «Verboten» (prohibido) hasta que tira, por inercia Mi lucha de Hitler. El primer libro cuyo título nos lee Cavalier, recogiéndolo del suelo, es La montaña mágica, de Thomas Mann, el mismo libro que después veremos leyendo al judío Salomón.

Sin novedad en el frente

Se mencionan más títulos en la peli sobre Hübener, de entre los cuales destaco Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. En el fancine encontraréis, también, los comentarios de las dos pelis sobre el título:

  1. Sin novedad en el frente, de 1979, la buena adaptación
  2. Sin novedad en el frente, de 2022, la mala adaptación, de NETFLIX
  3. Tertulia de cine de trincheras, sobre la I Guerra Mundial, en Antena historia

Entiendo que censurar esta novela tenía que responder al tufillo pacifista que destila, y los nacional socialistas, que basaron su régimen en el miedo, en el odio y en la violencia, cuando no en la misma guerra, pues como que les daría urticaria pensar que pudiera caer en manos de algún joven que terminara negándose a ir al frente.

La montaña mágica de Thomas Mann; Hamlet, de William Shakespeare… todos clásicos censurados y prohibidos por los socialistas nacionalistas alemanes. Y es que la censura y el Socialismo van siempre de la mano, como explico en Gernika y en 1984 (que también tiene podcast, y de los buenos: Socialismo y Distopía).

Radio censurada…

Dicho esto, vemos, o mejor dicho, todos intuimos que cuando Hübener descubra la naturaleza de lo que esconde la sala la liará parda, aunque no sabemos cómo ni por qué.

Pero antes vamos a volver un poquito atrás. Al cartel del templo mormón en el que el pastor, o como se llame quien oficia la ceremonia entre los mormones, clava el cartel que niega la entrada a los judíos. Salomón se vuelve para casa. Más tarde veremos como tiene que regresar a su casa una vez dado el toque de queda, por lo que se llevará una paliza por parte de dos polis de la Gestapo que le estaban regañando, pero les hirvió la sangre al ver uno de esos carnés de los que os hablaba antes, en donde vieron que tenía ascendencia judía. Os lo explico en mi artículo sobre Auschwitz en mi otro blog (ahora un pelín abandonado, tras publicar más de 1000 artículos).

El hermano de Helmuth está en el ejército alemán, que no en las Waffen-SS (cuya diferencia explico en la película Mi honor se llama lealtad y, a la chita y callando es la 3ª peli más leída en el fancine, en el histórico, desde 2008). Participa en la invasión de Francia y vuelve a casa con permiso tras asegurar París.

Trae algo que hará que salte por los aires la cabeza de Helmuth: ¡una radio! Os parecerá una tontería, pero recordad que vivían en la Alemania nazi: la de la propaganda y la censura, por lo que esa radio, FM y AM, con capacidad para reproducir emisiones desde Londres se convierte en un arma de destrucción masiva porque Helmuth empezará a escuchar programas de contrapropaganda aliada, que desmenuza, noticia por noticia las Fake News de Goebbles.

Escucha las noticias británicas, que explican los avances aliados y los bombardeos sobre ciudades teutonas. Estas dos cosas las expliqué también en otras dos películas: Un puente muy lejano (el avance) y los bombardeos con Memphys Belle, y también tienen sus respectivos podcast cuyos enlaces os dejaré al final. Es decir, que ofrecen la visión real de lo que está ocurriendo en la Europa que los nacional socialistas están devastando, y de la guerra que están empezando a perder, pese a que sólo escuchen que están venciendo. Y esas noticias, y los discursos de Churchill, de resistencia, resiliencia y llamadas a luchar, (Durante la tormenta) hacen mella en su mente poco nacificada.

El arresto de Salomón

El único que siente, o muestra empatía por Salomón es Helmuth. Sus otros dos amigos, también, pero el que es capaz de compartimentar sus emociones, sus sentimientos y sus pensamientos es Helmuth, quien empieza a comprender que carece de sentido el trato que reciben los judíos.

El judío era el enemigo común para todos los radicales alemanes de aquel momento. Por supuesto que era el chivo expiatorio para todos los problemas nazis: inflación: judíos. Paro: judíos. Aislamiento internacional: judíos. Pero para los comunistas también eran origen de muchos males y, si no, como los judíos habían prosperado y tenían sus pequeños negocios, hacían la vista gorda porque los metían a todos en el saco de los burgueses.

Eran el objeto de los 10 minutos del odio de la Alemania orwelliana, en la que los socialistas, con aires nacionalistas y supremacistas, señalaban a los judíos y los deshumanizaban hasta convertirlos en ratas humanas. Si los alemanes temían y despreciaban al judío en casa, vería al enemigo en el portal de al lado y no serían conscientes de la guerra total, y global, a la que les llevaba su Führer.

Los dos amigos hablan del problema y, si no recuerdo mal, Helmuth insinúa a Salomón que la mejor opción sería huir, emigrar… pero Salomón, con muy buen criterio, le contesta que él es tan alemán como cualquier nazi, y que no piensa emigrar.

Ambos tenían razón. Salomón por defender una Alemania en la que no hubiera antisemitismo. Helmuth porque intuía la que se avecinaba, y contra la avalancha de odio que estaba por llegar no se podía luchar con filosofía, ni con argumentos intelectuales.

En resumidas cuentas, y abreviando… A Salomón se lo llevan preso en vagones de trenes para ganado hasta un campo de concentración. Al final de la peli conoceremos su destino, gaseado y asesinado por una rama de la familia socialista, la nacionalsocialista. Igual que otros 6.000.000 de judíos. Lo pongo con numeritos para que destaque, a ver si los europeos de nuestros días, los que están reviviendo el odio antisemita, son conscientes de que lo que están haciendo es dar la razón, algunos sin saberlo, a Hitler.

La máquina de escribir

Estamos llegando a la fase crucial de la peli, aquella en la que se cruzan varios elementos que, dispersos, o por separado, son inofensivos pero que, si los sumamos todos, se convierten en una bomba de relojería…

  1. Los libros censurados
  2. La Radio con alcance internacional
  3. La máquina de escribir
  4. El arresto de Salomón
  5. El talento de Helmuth Hübener

Porque sí, Salomón será el detonante de lo que viene. Sin pretenderlo, por supuesto, pero su arresto hace que Helmuth deje de hacerse las preguntas en voz baja y las grite a los cuatro vientos: madre; padrastro (oficial de la Wehrmacht); el cura, o como se llame, mormón… Todos miran para otro lado. Todos callan y ninguno se atreve a decir en voz alta lo que todos piensan en voz baja. Por miedo.

Los pasquines

Ya he mencionado antes el talento de Helmuth para escribir. Y si a eso le sumamos el cabreo que acumula por lo de Salomón (sin saber cómo terminó), su acceso a la radio, y a la máquina de escribir que le presta el pastor mormón, se lía la Marimorena porque hace acopio de unas tarjetitas rojas con las que se marcan los libros prohibidos para escribir pasquines.

Un pasquín, según la RAE, es…

  1. m. Escrito anónimo, de carácter satírico y contenido político, que se fija en sitio público.
  2. m. Cartel en el que se anuncia algo.
  3. m. Hoja de papel con publicidad, propaganda u otro tipo de mensaje.

Pues lo que hacía Helmuth, con los papelitos rojos, tenía todos los ingredientes para ser un pasquín. En ellos volcó toda su literatura para dar a conocer las noticias inglesas sobre quién era de verdad Hitler, y qué hacía dentro y fuera de Alemania. Y lo escribía todo con su máquina de escribir, por lo que empezó a escribir estos panfletos antinazis y se dedicaba a pegarlos por las noches: hoy lo llamaríamos «guerrilla urbana», entonces lo llamaron «alta traición y colaboración con el enemigo en tiempos de guerra». Por lo que se le puso en caza y captura.

Para entonces ya ha liado a sus otros dos amigos, quienes le ayudan, noche tras noche, a multiplicar por tres el alcance de su mensaje.

La cacería

Uno de los pasquines cae en las manos de Erwin Müssener, un oficial de la Gestapo y de las Waffen-SS. Y, vete tú a saber por qué, no le hace ni pizca de gracia lo que lee en él. Y menos gracia le hace encontrarse con más pasquines, metidos en buzones, pegados en las fachadas de las casas… sujetas con los limpiaparabrisas de los coches… y motu proprio decide ponerse a investigar.

Helmuth sabe que está jugando con fuego, pero en su ingenuidad, relativiza el riesgo y pierde el control sobre su propia hiperactividad y siembra el lugar con cartelitos rojos y se pone a la Gestapo en su contra, en modo «caza y captura«.

Una de las partes más interesantes de la peli es el proceso inductivo de la investigación que emprende Erwin, a partir de los pasquines. Por un lado crea un mapa con todos los sitios en los que se han encontrado, con las fechas en las que se han encontrado… Por otro lado deduce que todos los pasquines se han escrito con la misma máquina de escribir, pues detecta un error tipográfico en una consonante que, si la memoria no me falla, era la «t«, que parecía repicarse y quedar como duplicada en el papel. Y, por ser una misma máquina, y por el radio de acción que alcanza, deduce que no es una persona, sino más de una, y que la primera tiene que estar recibiendo ayuda.

La vida de los otros

Este proceso inductivo (del detalle particular (esa «t«) al hecho general: encontrar al autor de los pasquines y, con él, a sus colaboradores) para rastrear una máquina de escribir lo vimos con anterioridad, en una peli alemana: La vida de los otros que nos narra una investigación similar por parte de un policía de la República «Democrática» de Alemania, la Stasi, o la poli comunista.

Abro un pequeño paréntesis para lamentar el sino tudesco que tuvo que sufrir a los nazis, y vivir bajo su policía para sustituirla por otra policía, todavía peor y más criminal, como la Stasi. Los habitantes de la República Democrática de Alemania, que curiosamente era la no democrática, encadenaron cincuenta y seis años de terror policial: veintidós con los nazis y treinta y seis con los comunistas.

Sus comisarías (tanto de la Gestapo como de la Stasi) copiaron el patrón de las checas de la República Española, copiadas, a su vez, de las del KGB de Stalin en Moscú. En ellas se secuestraba, torturaba, extorsionaba, chantajeaba, violaba y asesinaba a todo aquel que fuera contrario al régimen de terror que todos ellos ejercían sobre sus respectivos pueblos: la Rusia, madre Patria de la URSS; la II República española, tola la Alemania con la Gestapo y la Alemania del Este con la Stasi.

Pues en esa peli también se investigan textos mecanografiados y se busca la máquina de escribir que los generaron, y vemos en la peli cómo se las ingeniaba su dueño para esconderla cada vez que terminaba de escribir uno de sus textos. Lo mismo aquí, con la máquina y con la radio. La peli de la que os hablo es La vida de los otros.

El cazador

Me gusta el contraste entre personajes. El idealista y romántico empedernido que escribe octavillas para que afeiten el mostacho al Führer y el viejo zorro que está de vuelta y ni siente ni padece. Hasta que abre los ojos cuando salta por los aires el refugio contra bombardeos y su hija muere sepultada por los escombros.

Eso abrirá sus ojos. Solo así comprenderá que su Führer le ha mentido. A él y a toda la nación. Pero, para entonces será imposible frenar la maquinaria justiciera que él mismo activó al inicio de su investigación.

Demuestra ser un buen cazador, y un gran investigador, siguiendo los clásicos patrones del manual del buen investigador: localizar un hecho diferencial: el error tipográfico que mencioné antes. Esa es la marca por la que se identificará al culpable, pero para identificarle, primero hay que atraparle. Luego está el mapa con chinchetas que va mostrando el radio de acción del activista.

Al principio piensa en un profesor de Historia, o de Literatura, por el patrón literario que identifica en los pasquines, que incluyen, todos, citas literarias de autores renombrados y censurados: a los que sólo tiene acceso Helmuth. Por el momento ni sabe que existe ese depósito de libros censurados, si lo hubiera sabido habría sabido, también, la procedencia de las octavillas de color bermellón.

La presa

Helmuth ve las orejas al lobo cuando se cruza, por primera vez, al nazi que le persigue. Precisamente coincidirá cuando Helmuth recoja unas octavillas rojas de un cartel de anuncios tan solo unos minutos después de haber quitado otros que los precedían. Saltan las alarmas, el traidor está actuando en esta zona.

Logra atisbarle y emprende una persecución que todo apunta a que terminará fatalmente pero, como quien dice, Helmuth se salva por la campana.

No es un profesor universitario, el malhechor es un muchacho corriente y moliente. Esto echa su teoría por tierra aunque terminará casando el muchacho a su hipótesis, cuando descubra que es ese talento famoso que ha entrado a trabajar en el Ayuntamiento con tan solo 16 años, y lo ha hecho gracias a su manera de escribir.

Apresado

Al final termina dando caza al activista de 16 añitos. Y se lo lleva al cuartel general de la Gestapo para interrogarle, que es lo mismo que decir, para torturarle.

Quieren saber si esto lo ha creado él solito. Si va por libre o si trabaja para alguien. Quiere saber cuántos más hay en su organización, si es él quien lo escribe, y quiere saber todos los datos necesarios para poder poner fin al sabotaje ideológico con el que Helmuth pretendía minar la moral nazi y procurar allanar el camino hacia una paz pactada con los aliados mediante la cual se lograra un tratado de paz y de rendición alemana sin que hubiera humillación.

Es más, muchos soldados, suboficiales y oficiales de la Wehrmacht habrían visto con buenos ojos desarmar a los nazis, a las Waffen-SS para meterlos en la cárcel y se habrían unido a los aliados para hacer frente común al verdadero enemigo que estaba por esclavizar media Europa. Esa era la idea de Patton, quien demostró ser el único visionario que se supo anticipar al mal que los aliados estaban alimentando. Por supuesto que ese mal era el comunismo. Si esto hubiera sucedido Alemania se habría salvado de los 10.000.000 de violaciones que sufrieron las mujeres alemanas durante el avance del ejército rodo. Y ahora los comunistas van de feministas, no cabe mayor cinismo… Bueno, quizás que defiendan al movimiento LGTBI con banderas del mayor homófobo de la Historia: El Ché, que mandaba encarcelar a los homosexuales.

Unas cuantas uñas arrancadas después, Helmuth confiesa los nombres de sus dos camaradas (este concepto tiene su origen en los Tercios y se acuñó para referirse a los hermanos de armas). Digo dos, porque el tercero, Salomon, estaba rumbo a la cámara de gas. Obvio decir que pasan por el calabozo, y su nueva novia, y su madre. El padrastro se salva porque es oficial del ejército alemán, que sino…

El resto es historia. Es acusado de traidor, juzgado, sentenciado a muerte por decapitación en la guillotina y decapitado nada más cumplir los 17 años.

Las rosas blancas

Para mí, la escena más emotiva de toda la película es cuando Helmuth está a solas con su compañera de trabajo, en lo que parecía un inicio de romance. No por el romance, que ojalá hubiera prosperado porque ambos lo habrían merecido, sino porque transcurre en un descansillo de unas escaleras, en el Ayuntamiento, y en medio de la oscuridad ambos personajes reciben un baño de luz del sol que pasa a través de una cristalera adornada con rosas blancas.

Creo que el director no ha dado puntada sin hilo. Y me explico. Tengamos en cuenta la naturaleza intelectual de la protesta de Helmuth. Escribe esos pasquines que propaga por la ciudad para concienciar a los alemanes de que Adolf Hitiler es el demonio personificado.

Pues bien, la historia de Helmuth Hübener es tan verdadera como la de un movimiento estudiantil, igualmente clandestino, que se autodenominó Las rosas blancas. Su propósito era el mismo que tenía Hübener, y su procedimiento, exactamente el mismo: repartir octavillas. Su desenlace, también el mismo: fueron apresados, torturados y juzgados por el mismo motivo que Helmuth (traición) y sentenciados a pena de muerte por decapitación, por lo que todos ellos, incluido Helmuth, ajeno al movimiento universitario, terminaron sus días guillotinados.

Iba a decir «perdieron la cabeza al final«, pero habría sonado como un chiste, negro y malo, y he preferido ahorrarme el comentario.

Los rebeldes del Swing

También he de confesaros que me esperaba una peli, más bien, de aventurillas con final feliz. O de una pandilla de amigos, como los que vimos en Los rebeldes swing. Peli contemporánea que comparte el mismo tema: el rechazo al nacismo, en pleno auge (entonces, y ahora, insisto, con el antisemitismo) de algunos jóvenes que habrían terminado pagando muy cara su rebeldía.

Pelis mencionadas en El caso Hübener

Podcast mecionados – El fancine para Antena Historia

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