Un fantasma en la batalla, a diferencia de El Lobo, y de La infiltrada, no nos cuenta la historia de una persona real sino de varias.
El protagonista de El Lobo es Mikel Lejarza. La protagonista de La infiltrada es Elena Tejada, con el sobrenombre de Aránzazu Berradre. Sin embargo, como os decía, Amaia, el fantasma, es la suma de muchos guardias civiles, hombres y mujeres que se adentraron en las entrañas del mal para que los demás ciudadanos de bien pudiéramos dormir en nuestras camas por la noche; Ir al colegio por las mañanas y vivir en paz porque ellos renegaron a sus vidas para proteger las nuestras.
Operación Santuario
Agustín Díaz Yanes escribió y dirigió esta película cuyo contexto es la Operación Santuario para identificar, localizar y desmantelar los zulos de E.T.A. en el sur de Francia, cuya gendarmería colaboró con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad españoles mientras hubo intención de luchar contra la banda terrorista por parte española.
Bueno, el contexto es la lucha antiterrorista, financiada con cartas que servían como amenaza a empresarios para que pagaran el impuesto revolucionario. Si no pagaban: los secuestraban y los metían en un zulo, hasta que su familia aflojara la tela, sino, matarile. Otras veces pedían el reagrupamiento de los terroristas que están en la cárcel, como pasó con Miguel ángel Blanco, y se lo cepillaron porque el Gobierno no cedió a sus peticiones.
Todo esto lo vemos en la peli. Vemos secuestros, y asesinatos. Es lo que tiene ver una peli sobre la familia política de Otegui, de Txapote y del resto de camaradas de Pedro Sánchez. Que son asesinos, son terroristas y son sus socios.
Los zulos de E.T.A.
Esos amiguetes de hoy, amenazaban, extorsionaban, secuestraban, torturaban y asesinaban. Y los zulos eran la clave. En ellos escondían explosivos, armas y dinero. En ellos se escondían ellos, esperando poder irse a Francia, o a donde fuera, para que no les detuvieran tras poner un coche bomba. Allí metían a políticos y empresarios para que la Policía no los pudiera encontrar, ablandarles con el paso de las semanas, privados de luz natural y de alimentos en condiciones, hasta de salud.
Para todas esas chiquillerías tenían los zulos. Y la Operación Santuario consistió en infiltrar agentes de la Guardia Civil en la banda terrorista E.T.A. para localizarlos y desmantelarlos.
Por eso os digo que el personaje de Elena, la protagonista, no está basado en una persona real. Está inspirado en la suma de muchos valientes. A unos les arrebataron la vida, descubiertos y tiroteados. Otros truncaron las suyas, no pudiendo volver a sus vidas como ciudadanos normales, tras quebrar sus mentes y sus vidas viviendo rodeados de criminales y teniéndose que hacer pasar por uno de ellos.
En recuerdo de todos ellos, héroes anónimos que entregaron su existencia por nosotros, se filmó esta película y, en su memoria, la comento y la explico, a continuación. En recuerdo de todos esos fantasmas que aprendieron a ser invisibles, y a moverse con naturalidad entre orcos miserables.
Un fantasma en la batalla
Agustín Díaz Yanes quiso dotar de realismo a la película. Y eso lo apreciamos, y lo agradecemos.
Como os decía, su protagonista es un personaje de ficción, resultado de la suma de muchos agentes reales que vivieron infiltrados en la banda terrorista. Se llama Amaia, y se pasa la friolera de diez años conviviendo con lo peor de la sociedad para ganarse la confianza de sus nuevos «camaradas» y, mediante paciencia, sangre fría y valor, mucho valor, ir ascendiendo para acercarse a su cúpula.

Ese acercamiento debería procurarla información que la permitiría ganarse, también, la confianza de los jefazos con el objetivo de localizar los zulos. La historia se narra a modo de película de suspense con buena dosis de politiqueo interno en la banda. No falta violencia, con ejecuciones (asesinatos) a sangre fría y tiros en la nuca, en una espiral de violencia que va saturando a la muchacha. Nada sorprendente por otro lado, al tratarse de un entorno terrorista en el que los méritos se hacían metiendo plomo en víctimas inocentes.
La sensación de pesadumbre, angustia, agotamiento y sufrimiento interno es constante, y el realismo que antes mencionaba deriva del trato exquisito con que se plasman las relaciones entre los miembros de la banda. Sus jerarquías, dependencias, miedos y desconfianzas mutuas. Porque otra cosa no habrá, pero palpamos la desconfianza desde que la protagonista asoma la nariz por primera vez en el submundo de la ultraviolencia.
El fantasma…
Ella es, por cierto, un agente de la Guardia Civil que decide abandonarlo todo para dedicarse en cuerpo y alma a la lucha antiterrorista. Os parecerá mentira, pero no fueron pocos los que decidieron darlo todo para terminar con E.T.A., hasta sus vidas.
Empieza su nueva vida como maestra, en una Ikastola, que es como «escuela» pero con chapela calada hasta el entrecejo. Esta es la parte que más miedo da de toda la peli. Saber que la directora es la responsable de los comandos legales en Guipúzcoa, es decir: de los que no tienen antecedentes, que no están fichados por la poli. En esas manos estaban los niños. Estaban, y están. Aleccionados, adoctrinados y manipulados por energúmenos desequilibrados mentales que les inoculan ideologías de odio desde chiquititos.
Ya sabemos su misión, la de los zulos. Su camino es la directora. Se tiene que acercar a ella para ganársela, y si se la gana, acceder a la banda terrorista a través de ella.
Su jefe es uno de las cuatro personas conocedoras de su identidad real, de la falsa, de su procedencia y de su misión. Cómo han cambiado los tiempos…
El presidente de Gobierno, el Ministro del Interior, el General Jefe de la Guardia Civil y el mando que la supervisa. Esto podía ser una garantía en aquellos años 80s, 90s y 2000s. En la actualidad o, mejor dicho, con el Gobierno actual te sabrías vendido. Sobre todo con los dos primeros. El presidente, porque debe su presidencia a E.T.A. Y el Ministro del Interior, que tiene más que callar que decir, Marlaska, el mismo que ha desarticulado la lucha contra el narcotráfico en nuestras fronteras… Resulta paradójico que haya más proetarras en el Gobierno que etarras en la cárcel. Pero así están las cosas en la España de 2026.
Vamos a socializar el sufrimiento
Comunismo total.
En la peli vemos cómo E.T.A. decide dejar de asesinar militares, Guardias Civiles y policías para matar periodistas, jueces y políticos, y a todo el que se cruce en su camino, dicho sea de paso, sacando también a los cachorros de Harrai a las calles, para liarla parda.
Justo ahí se gana la confianza de la directora de la ikastola y logra que la admitan en la banda, alojando asesinos en su piso, y bien se las apaña para pasar información a su mando, a través de las bolsas de basura, conviviendo con un etarra alojado en su piso.
El destino la jugará alguna mala pasada haciendo que, sin saberlo ni pretenderlo, participe, de manera indirecta, en el asesinato de Ortega Lara (sobre el que os hablaré más tarde), y en el secuestro de Ortega Lara, por ejemplo. Esto la rompe por dentro, pero no puede mostrar emoción alguna, ni sentimiento. Ni mucho menos, miedo.
Luego cayeron asesinados Fernando Múgica; Franciso Tomás y Valiente y Miguel Ángel Blanco.
Pensar que hay jóvenes que desconocen todo esto. Y que se atreven a opinar sobre libertad de opinión, y sobre la necesidad de dialogar con los etarras. Hasta los hay que han terminado formando parte del Gobierno, cretinos iletrados disfrazados de ilustrados que, al final hemos descubierto que se movían por la bragueta y por el abuso de poder. Podemos imaginar en quién estoy pensando.
Redadas
Los de mi generación crecimos con el miedo en el cuerpo.
Yo estuve en el Bernabéu el día que hubo que evacuarlo a cinco minutos del final del Real Madrid – Real Sociedad, por un aviso de bomba. Acabamos en el césped, el lugar más seguro. Todos los que peinéis canas sabréis a qué me refiero.
Llegar tarde al colegio, o a la universidad, o al trabajo, porque te ha tocado pasar con el coche por un control de tráfico, buscando etarras. A mí hasta me registraron una noche, con mi amigo Chema, con las manos puestas encima del coche y yo sin documentación que pudiera acreditar quién era. Los policías metralleta en mano y con pasamontañas.
Fernando Buesa, José Luis López de Lacalle…
De eso no se habla. Del miedo a dar una patada a una bolsa en la calle, por si tenía una bomba. Ni de mirar los bajos del coche, una y otra vez, por si tenías una bomba lapa puesta. Recuerdo que, por raro que suene, yo escuchaba entonces Onda Cero por las mañanas (con Luis del Olmo) y la SER por las tardes, primero con Javier Sardá, que se echó a perder en la tele, y después con Gemma Nierga, hasta que E.T.A. asesinó a Ernest Lluch y ella dijo la chorrada aquella de que Lluch, que había defendido el diálogo con los terroristas, habría dialogado hasta con su asesino. Fin de la SER en el dial de mi Radio.
A partir de entonces sólo la escucharía para escuchar las retransmisiones de los partidos, hasta que los periodistas deportivos se fueron a la COPE en 2010 (en la que yo colaboraba por entonces, como «el gastrónomo«, de 2007 a 2011. Os parecerá una tontería, pero podéis ver hasta qué punto nos afectaba el tema, hasta el punto de tomar decisiones personales, y vitales, en función del terrorismo y sus derivados.
En el Nilo
An´écdota personal. Un crucero por el Nilo
Once días navegando de sur a norte. Allí hice dos amigos vascos: una pareja muy maja. Ella Nora y él no lo recuerdo bien: ¿Unai? Da igual. Ella castellana de procedencia, él cámara en ETB.
Todo iba fenomenal, hasta que una noche, fumando mi pipa en la parte de arriba del barco, lamento en voz alta otro asesinato etarra, comidilla entre los españoles que iban a bordo. Él sentado a mi derecha, responde entre dientes, «algo habría hecho«. No terminó pasto de los cocodrilos porque soy un Boy Scout y no me gusta tirar la basura al río. Le pedí que no volviera a hablarme.
Después llamé Nora a la perra de mis padres, un pastor alemán
La peli lo refleja
La pena. El miedo. Las ganas de terminar con los terroristas. La desconfianza de quien tuviera acento vasco, como si los mejores españoles de nuestra Historia no hubieran nacido en las Vascongadas: Blas de Lezo, Urdaneta, Elcano…
Todo eso, lo de los sentimientos negativos, lo palpamos en Una sombra en la batalla. Mérito de Agustín Díaz Yanes. Ha tratado a E.T.A. sin medias tintas, y al terrorismo como lo que es: terrorismo. Asesinos, descerebrados, sedientos de sangre… qué pena me da la equidistancia de algunos de los actores que parecen desdecirse ante los micrófonos alegando que solo interpretaban papeles, que ellos no vierten su ideología en sus personajes.
Equidistancia
Curiosamente acabo de terminar de grabar el podcast de la película, también española, Zona hostil, sobre la intervención militar del Ejército Español en la Guerra de Afganistán. Lo comento porque esa peli hace un gran trabajo por reconocer la labor de nuestros militares para proteger la Libertad desde dentro y fuera de nuestras fronteras. Aunque os parezca mentira, lo de Afganistán y lo de ETA en el País Vasco son dos caras distintas de un mismo problema: o los buenos luchan para defender su estilo de vida, y su libertad, o los malos te lo robarán todo. Hasta la vida.
Pues bien, me puse a buscar documentación, para el podcast, y me topé con las entrevistas a los actores, que viven en una industria que se identifica con todas las causas contrarias a la Democracia, y contrarias al capitalismo, y los pobres, que tienen un cacao de tres pares de narices en sus cabecitas, las pasan canutas para defender a los personajes que han interpretado (aquellos interpretaron a militares y estos a guardias civiles) y terminan hasta contradiciéndose.
Los de Zona hostil teniendo que admitir que «los soldados son personas«, y lo decían hasta contrariados, como flipando por su reciente descubrimiento. Y los de Un fantasma en la batallase las ven y se las desean para no herir la sensibilidad de los etarras, abogando, en última instancia, porque se hagan más películas, con distintas sensibilidades para que ambas facciones de la misma historia se entiendan, se comprendan y convivan.
No podemos ser equidistantes
No es posible tal convivencia señores míos. Para empezar porque estamos hablando de poner al mismo nivel al terrorista y a su víctima. Al asesino y al asesinado. Al que aprieta el cañón de la pistola en la nuca del que recibe el plomo por la espalda. Estamos hablando de que se entiendan el verdugo y el muerto. Y porque están muertos no existe tal posibilidad de diálogo, salvo que usen una ouija e invoquen a las almas de las víctimas de E.T.A.
No puede haber tal diálogo entre un vivo y un muerto, como no puede haberlo con los centenares de miles de vascos que hicieron las maletas y huyeron de las Vascongadas por miedo. Con esos tampoco podrán dialogar.
Nuestros actores se cubren de Gloria deslegitimando la película que han protagonizado, que refleja la lucha contra el terrorismo, cuando abogan por hablar con los terroristas, y de convivir con quienes lo defienden como si tales personas, despreciables, mereciesen nuestros respetos.
Son asesinos, queridos lectores, asesinos, con todas las letras. Y la peli va de desmantelar la red de zulos que tenía E.T.A. para esconder armas y a personas secuestradas para sacar dinero por su rescate. ¿Hace falta llevarse bien con quien te mira a los ojos con la frialdad de un robot y, si pudiera, te levantaría la tapa de los sesos de un disparo cobarde, por la espalda?
No podemos ser equidistantes entre el bien y el mal porque eso nos convertiría, cuando menos, en regulares.
Películas sobre E.T.A.
Creo que mi favorita fue, es y será, El Lobo, de 2004. Dirigida por Miguel Courtois y protagonizada por un Eduardo Noriega que está inmenso en el papel de Mikel Lejarza, «El Lobo».
También me encantó La infiltrada, peli dirigida por Arantxa Echevarría en 2024. Un pe-li-cu-lón.
Y ahora esta: Un fantasma en la batalla, dirigida por Agustín Díaz Yanes en 2025. Otro peliculón.
Parece mentira que las tres pelis buenas sobre la banda terrorista hayan llegado con sendos gobiernos socialistas favorables a la causa etarra. Si buena fue El Lobo, gracias a Dios, las otras dos no la van a la zaga y completan una trilogía fabulosa que deberían ver todos nuestros jóvenes, que ven al terrorismo vasco como algo romántico y, los que creen que tienen algo de cultura, como un movimiento antifranquista.
Lo dicen los títulos de crédito de esta peli: cuando Franco murió, en 1975, E.T.A. había asesinado a 44 personas, de un total de 853. Es decir: el movimiento antifranquista asesinó a 44 personas en vida de Franco y a 809 con el dictador muerto. ¿Tiene sentido que le sigamos llamando antifranquista? Hacerlo es blanquear el terrorismo, edulcorar el asesinato y confraternizar con los malos de la película: en la ficción y en la realidad.
Tres títulos como tres soles que brillan en la oscuridad mediática y en la complicidad cinematográfica con una pléyade de actores que siguen siendo antifranquistas 50 años después de muerto, algunos nacidos en pleno siglo XXI, con dos cojones.
Cuando ETA asesinó a Gregorio Ordóñez
Yo estuve en el entierro de Gregorio Ordóñez, en San Sebastián, en enero de 1995.
Nunca estuve afiliado al Partido Popular, ni a ningún otro partido, pero siempre fui votante del PP. Hasta participé pegando carteles electorales para Alianza Popular. Luego llegó Rajoy, y reventó al PP y se burló de la mayoría absoluta que le votamos para frenar a Zapatero y se limitó a no hacer nada. De aquellos polvos, estos lodos.
Supe del asesinato mientras me duchaba, escuchando a José Antonio Abellán, en la Cadena 100. Mis alumnos no dan credibilidad cuando les cuento lo cotidiano que resultaba escuchar los asesinatos de E.T.A. en la radio.
Como os decía nunca fui militante del PP, pero cuando asesinaron a Gregorio Ordóñez me llamaron de Moncloa (de la sede de distrito del PP, no de «La Moncloa«) para preguntarme si quería ir a su entierro. Y allí que me fui. «Sin banderas, sin identificación política«, fue lo que me dijeron. Si no puedo llevar la cazadora con la bandera de España no contéis conmigo. Contaron conmigo. Llevé la cazadora.
Nunca olvidaré la caravana de autobuses rumbo a la despedida del candidato del PP a la alcaldía de San Sebastián. Autocares de Madrid, Burgos, Valladolid… Una procesión motorizada para despedir a un valiente asesinado por un cobarde.
El casco antiguo de San Sebastián
Tampoco olvidaré la subida hacia el cementerio, cuando atravesamos el casco antiguo de San Sebastián, la perrera de los cachorros etarras.
«No provoquéis, ni respondáis a las provocaciones» fue otra consigna. «O se lía la de Dios«. La columna de autobuses se rompió y quedaron tres, o cuatro, autobuses de Madrid sueltos, con Herriko tabernas a la derecha y a la izquierda. Recuerdo sus banderas. Estandartes de muerte: banderas de Cuba, banderas con el rostro del Ché, hoces y el martillo en banderas de la URSS, ikurriñas y el cartel ese que vemos en los campos de fútbol, el de la reagrupación de los presos etarras.
Según avanzábamos por las calles se abrían las puertas de las tabernas y todos los que estaban dentro salían a la acera y se agolpaban alrededor de los autobuses haciendo un pasillo angosto con el odio inoculado en sus miradas. Rostros imposibles, con facciones picassianas, vomitadas del Guernica. Ángulos imposibles, cejas como toldos que oscurecían rostros sombríos carentes de humanidad.
Autobuses rodeados por cachorros de terroristas que querían asaltarlos. Nosotros apretábamos las frentes contra los cristales… Nadie quería ser la chispa que incendiara las calles de San Sebastián, todos deseábamos que esa chispa saltara. A cara de perro. Sin disimular el asco ni el odio. Ni ellos ni nosotros. Ellos se lamían la sangre de los colmillos. Nosotros lamíamos la sangre de la herida letal que se había llevado a uno de los nuestros.
E.T.A. Gobierna España
Llegamos al cementerio. Rezamos a nuestro caído. A nuestro asesinado. Le despedimos. Procuramos arropar a su familia. Nos volvimos a Madrid, cabizbajos. Tristes. Deseábamos que la Justicia y nuestro Gobierno, terminaran con el terrorismo de ETA.
Luego llegó Aznar, y nos descubrió que a E.T.A. se la podía ganar. No usando sus mismos métodos, como lo había hecho Felipe González: oponiendo terrorismo de Estado socialista al terrorismo independista comunista. Se la podía ganar asfixiándola, y colaborando con la Inteligencia francesa, y con la CIA.
El Gobierno de Aznar estranguló a la serpiente etarra. Pero no la asfixió. Se quedó a las puertas. El 11M catapultó a Zapatero a La Moncloa, por sorpresa. Inesperado. Rubalcaba fue el gran triunfador: del 11M y del 15M. Un plan perfecto, una ejecución perfecta.
Agitación y propaganda
El PP cayó en todas las trampas que se pueden caer. Nunca han sabido comunicar y esos días menos aún. El PSOE supo sacar rédito de cada muerto del 11M. No seré yo quien diga que supieran la que se avecinaba, pero sí que sus reflejos estuvieron muy por encima de los del PP. Incluso de los suyos propios, por lo que su improvisación fue de manual: asediaron las sedes del PP en media España. Acosando, intimidando y amenazando a los militantes del PP que estaban dentro.
ZP ganó las elecciones bañadas en sangre. Dividió a las víctimas del terrorismo, trituró al PP y puso oxígeno a E.T.A., con quien venía negociando desde tiempo atrás vulnerando y traicionando el Pacto Antiterrorista firmado por Aznar y el propio Zapatero, quien resucitó a E.T.A. y la devolvió al panorama político.
Por eso me sentí traicionado por Rajoy. Porque tuvo la oportunidad para deshacer lo que hizo ZP y se limitó a ver pasar el tren, como las vacas. Luego llegó Sánchez al Gobierno, aupado, votado y sostenido por el brazo político de E.T.A. Paradójico, ¿verdad? El mismo partido que practicó el terrorismo de Estado, con el GAL, necesitado de los votos del partido de la E.T.A. Y los comunistas sacando los higadillos a estos socialistas carentes de escrúpulos, de principios y de ética.
Películas sobre ETA en el fancine

