La sustancia es una comedia de terror con toques gore y sobredosis de «mal gusto«.
Comedia de terror
Difícil de catalogar. Difícil de describir. Pero os daré unos parámetros cinematográficos que me ayudarán, espero, a explicarla correctamente.
Quizás me entendáis mejor si menciono estos tres títulos: Carrie (Brian de Palma, 1976) + La muerte os sienta tan bien (Robert Zemekis, 1992) + Requiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000). Y, si me apuráis, podría incluir un cuarto título: Re-Animator (Stuart Gordon, 1985). Títulos que funcionaron a las mil maravillas en su día, sobre todo cuando recibieron sus respectivos empujones en el videoclub, pues son todos tan serie B como clásicos. Si me apuráis… me atrevo a mencionar una quinta peli, por aquello de los pasillos: El resplandor.
Iré avanzando con mi comentario de la peli e iré apuntando, en cada momento, qué me recuerda a uno de los títulos mencionados y cuándo.
Para empezar, destacaré dos de ellos, muy presentes en toda La sustancia. No sé si en la mente de su directora Coralie Fargeat (esta es su cuarta peli, pero no ha visto las anteriores), pero sí en la mía. Pues no tardé en empezar a pensar en todas ellas conforme me adentraba en esta película bizarra (en el sentido inglés de la palabra).
La muerte os sienta tan bien
Temo equivocarme, pero La sustancia me parece un gran homenaje a La muerte os sienta tan bien. Casi que podría pensar en ella como un remake de la de Zemekis. Quizás me equivoco, pero veo tantos paralelismos entre ambas comedias que tuve presente todo el tiempo la de 1992.
Paralelismos: dos mujeres (Madeline Ashton y Elisabeth Sparkle) se adentran en el otoño de sus vidas. Ambas mujeres de éxito, hermosas y orgullosas tanto de sus respectivas carreras como de sus físicos. Pero el otoño hace languidecer el año natural, y la cincuentena es un otoño pesado, muy pesado, cuando cae sobre mujeres que viven de su físico.
En la de Zemekis la protagonista es Helen, una actriz venida a menos que siente pánico a mirarse al espejo. La prota de La sustancia sería la Eva Nasarre de nuestros tiempos. Si has leído «Eva Nasarre» y sabes de quién te hablo es que eres tan target como yo para esta peli. Ambos somos de la quinta de Elisabeth Sparkle, una presentadora de televisión cuyo show consiste en hacer ejercicio frente a una cámara para que las mamás de América se ejerciten y los papás se pongan cardíacos.
Todo lo que sube tiene que bajar
Ya lo dijo Newton.
Y si lo dice él yo no soy quién para desdecirle.
Esa máxima podría resumir las dos pelis que estoy mencionando. Porque, en ambas, veremos el salto de las turgencias a las urgencias por meterse bótox. De eso va la peli, no nos engañemos. Del rechazo a envejecer que experimenta la protagonista cuando, después de llevar un par de décadas poniendo cara a una cadena de televisión, esa cara se empieza a arrugar, y a cuartear, al mismo ritmo en que sus glúteos se rinden a la Ley de la gravedad; los pechos se descuelgan, y los antebrazos pasan a tener más pellejo que piel tersa.
Volviendo a la comparación con Eva Nasarre, y a su programa, Puesta a punto… una «puesta a punto» es lo que pide Sparkle, a gritos, para no tenerse que apearse de un tren en marcha. Aunque ya se encargará el presidente de la cadena de abrir una puerta y empujarla al vacío. Fruto de esa edad, como os decía y de la caída de sus carnes, que caen y arrastran consigo a la audiencia. Se la quita del medio sin mostrar respeto alguno, ni vergüenza por actuar con total grosería. Casi sin agradecer los servicios prestados, sin consideración alguna. A rey muerto, rey puesto. El camerino de Sparkle sigue oliendo a ella cuando empieza el proceso de selección de la nueva diva del aeróbic.
La sustancia, Re-Animator y La Muerte os sienta tan bien

Entra en acción «La sustancia«. Cuando Sparkle tiene un tirón en la espalda que la dobla de dolor y termina en el hospital pasando la ITV. La pasa. A duras penas, pero la pasa. Y es entonces cuando un enfermero, un efebo de enfermero, que se apiada del declive de la diva, esconde un pendrive en el bolsillo del abrigo de nuestra protagonista. Ella lo encuentra, desconoce qué es y, en una primera instancia, lo tira a la basura. (Creo recordar que era una papelera…).
Ya son varios los paralelismos con La muerte os sienta tan bien. En ambas pelis la protagonista recibe una información que le cambiará la vida. Iniciarán sendos viajes a la eterna juventud, uno de los sueños de los exploradores/conquistadores españoles. Esta vez, en las pelis, lo tienen al alcance de la mano. Ambas lo rechazan y, también, ambas, ceden a la tentación de acudir en busca de ayuda para no seguir envejeciendo.
Llegados a este punto, y dados los muchos paralelismos entre las dos películas ya os advierto que me quedo con la de Zemekis. De largo. Y más lo haré cuando llegue al aspecto cómico de la de hoy. Pero ahora estamos a las puertas de morder la manzana del Edén. El fruto prohibido de cualquier conciencia de bien. Sparkle se dispone a hacer trampa. Más que se dispone, está dispuesta a cruzar la delgada línea roja que separa lo ético y lo estético. Depuesta del Prime Time su respuesta es chutarse un Re-Animator, pues no pensaba en otra cosa cada vez que aparecía las sustancia verdosa radioactiva en pantalla.
Esta sustancia se supone que, eso pensaba yo al menos, iba a devolver la lozanía a la marchita Sparkle. Pero muy al contrario…
Ya va siendo hora de avisar que haré espóiler
Esa sustancia te dará la opción de vivir dos vidas en una, sí, pero una tuya, la primera y original, y la otra tuya, también, pero en el cuerpo, el alma y la conciencia de otra persona. Suena paradójico: vivir tu vida en un cuerpo ajeno y sin conciencia ni consciencia. Pero es lo que hay. Para mi carece de sentido alguno, pero a esas alturas de la peli, o te tragas lo que te echen, o lo escupes.
Es decir: quien contrata La sustancia desdobla su vida, desdobla su personalidad y dobla su físico con un físico juvenil. Es como aquello de «qué no daría yo por volver a tener 20 años con la experiencia de mis 50«. No se puede tener todo. Y en la peli, ese no poderlo tener todo, implica que te sacas la costilla de Adán para crear, no una Eva, sino otro Adán. Eres tú mismo, pero encerrado en otro yo.
Lo más incongruente, por lo menos para mí, es la alternancia forzosa a la que se ven sometidos todos los yonkis, y sus clones (por llamarles de alguna manera) de esta sustancia. Iba a lanzarme ya a comentar el paralelismo con Requiem por un sueño… pero me contendré un ratito, aunque no prometo conseguirlo.
Una sustancia que brinda una segunda vida a quien se somete a ella. Y en esta peli lo digo en sentido literal. 100% literal.
Fisión binaria
Porque lo que se mete en el cuerpo no la rejuvenece. Ni estira su piel. Tampoco dignifica lo humillado, ni la devuelve sus turgencias, ni realza lo caído. No la ayuda a rellenar los huecos del vestido. El mejunje (también literal, según la RAE: «m. Cosmético o medicamento formado por la mezcla de varios ingredientes» se nutre de ella y la desdobla… Has leído bien. La sustancia no te rejuvenece, hace una flasa fisión binaria.
Fisión binaria porque quien se chuta esa sustancia se desdobla en dos personas. Falsa porque para ser dicha fisión binaria la célula (Spakle) tendría que haberse convertido en dos Sparkle. Quizás rejuvenecida, dada la naturaleza del elixir, pero siendo la versión joven de ella misma. Pero no. En la peli vemos que de ella sale otro ella que nada tiene que ver con la original.
Este es el meollo de la película. Y no digo «meollo» a modo coloquial, que la segunda acepción de meollo es médula. ¿Y qué es la médula…? La sustancia interior de los huesos. El tuétano. Vamos, que la sustancia de la peli es ese falso yo que nace de las entrañas de quien decide someterse a la dichosa sustancia. Y es falso porque, y eso nos lo anuncia Coralie Fargeat desde los mismos títulos de crédito. Cuando vemos cómo se inyecta la sustancia en una yema de huevo y ésta se desdobla para terminar siendo dos yemas. Pero…
Ojo a las yemas de huevo…
La propia directora hace espóiler de su peli en los títulos de crédito.
La primera yema de huevo, la original, es casi perfecta. Quizás por el moquillo que tiene, en la clara… no tengo ni idea del origen de dicha imperfección. Tal vez, incluso sea mi propia percepción la que inconscientemente quiere ver esa imperfección. Lo que sí sé es que la segunda yema, la que nace a partir de la primera (por efecto del mejunje), es perfecta. Impoluta. Sin una arruga, sin nada que erosione su lozanía. Toda la lozanía que pueda lucir una yema de huevo. No tengo ni idea de cómo describirla, salvo diciendo que la primera era imperfecta y su clon es una obra de Arte maravillosamente perfecta.
Si os digo que haré, ya mismo, espóiler, tanto como la directora de la peli, es porque ahí radica la paradoja de esta película. En que la famosa multimillonaria intenta reinventarse y su invento sale rana. No es que salga mal, no me mal interpretéis: que de Demi Moore salga Margaret Qualley no es un «salir mal«. Es un salto evolutivo. Un salto cualitativo, y «menos» cuantitativo por cuanto divide entre dos la edad de la vieja gloria televisiva. De Sparkle sale Sue, y si Sue no es la mujer perfecta, lo parece. Qualley es la versión mejorada de Moore y de la madre que la parió, a la sazón: Andie MacDowell.
¿Celos de sí misma?
hago un pequeño alto en mi comentario y reflexiono en voz alta… A riesgo de quedarme solo sosteniendo la bandera que acabo de enarbolar. Que voy a enarbolar.
Es verdad que el resto de la peli se convierte en una comedia gore. Pero a mí no me termina de funcionar. Llamadme tonto, o corto… pero, de verdad, no entiendo la genialidad que tanta gente ve en esta película. No os negaré que merece la pena ser vista. Ya la he visto y no creo que lo vuelva a hacer, en serio.
Ya os he dicho que la trama, o por lo menos su clave me ha recordado (demasiado) a La muerte os sienta tan bien. Mujer de éxito que va quedándose arrinconada por los achaques de la edad que busca en algo mágico/científico (según la peli que veáis) un retorno a su juventud, pero sin abandonar su madurez. Es decir, tener la cabeza y la experiencia del cincuentón (como yo) pero con la edad y el físico del veinteañero (mi otro yo). ¿Quién no lo querría?
Sí, pero… no
Hasta ahí el planteamiento viene a ser el mismo, pero es cuando se chutan lo que se tienen que chutar para volver a ser jóvenes donde ambas pelis divergen. La primera, la de 1992 toma el camino de la comedia de terror y la segunda también, pero teñida de gore, esto es: salpicada de vísceras de las que luego os hablaré. Al gore… y al mal gusto, la verdad.
¿Por qué pregunto si Sparkle siente celos de sí misma? Porque no es ella quien rejuvenece, sino, como ya he explicado, de su cuerpo sale otra yo treinta años más joven que ella. No es otra mujer. Ni es otro yo. Es la misma mujer, pero en otro cuerpo. Y ambas pasan a ser plenamente conscientes de que comparten un mismo ser, con dos cuerpos y dos identidades.
Pero aún me pregunto una cosa más… que no he sabido responderme a mí mismo y cuya falta de respuesta anula el sentido de la peli. Por lo menos para mí. A ver, recapitulemos: Sparkle se mete la sustancia esa en el cuerpo porque reniega de su edad y del cuerpo que tiene derivado de su edad. Pero, en vez de rejuvenecer ella, lo que pasa es que sale de ella otra mujer más joven. Sí, que son la misma persona, pero en diferentes cuerpos.
Una persona, dos cuerpos y unas cuantas reglas.
Los gremlins
Nada tienen que ver los gremlins con esta peli. Salvo por el hecho de las reglas. ¿Las recordáis? No debe darles la luz, no pueden mojarse y no pueden comer después de medianoche. Y, en estas pelis… ¿Para que existen las reglas? Exacto, para romperlas.
Romper esas reglas es el detonante para que empiece la acción. En los gremlins para que aparezcan estos, precisamente, a partir del mogwai. En esta peli para que se tuerza y retuerza la fortuna de la protagonista.
Lo que no termino de entender qué necesidad tienes de tener otro yo que va a repartirse tu vida contigo misma. No sé si me estoy explicando, más bien no. A ver ahora: una vez duplicada, cada realidad, la nueva y la original, tendrá una semana de vida pública mientras que la otra parte de su ser duerme un sueño profundo, casi un coma, para poderse regenerar. Y, mientras duerme, la «yo» que está haciendo vida pública tiene que alimentar a la que se queda en casa, escondida, porque parece un saco de huesos y pellejo al yacer en el suelo.
Tiene que ser alimentada de modo artificial para que pueda sobrevivir.
Ha nacido una estrella
¡Tranquilos!
No veo paralelismos con Ha nacido una… ¿O sí? ¿También? Bueno, ninguno salvo que Sue es un producto artificial que ha sido creado y casi programado para alcanzar el estrellato televisivo y convertirse en la nueva Eva Nasarre.
Eso lo sabe Sue. Lo sabe Sparkle. Eso lo sabes tú y lo sé yo. Y tú y yo nos convertimos en cómplices de Sparkle, que será la única, (al margen de Sue) en saber que Sue es ella, por lo que la irrupción de la muchacha es un renacer intelectual y emocional en la veterana y ajada ex presentadora. En ese sentido también podría tratarse de una estrella nacida para brillar. Aunque brillar en exceso te puede apagar.
Me acerco al quid de la cuestión. ¿Para qué narices quieres meterte la sustancia si no la vas a disfrutar tú? Por lo menos en La muerte os sienta tan bien las personas que hacían trampas a la biología, a la lógica, a la razón y a lo trascendental lo hacían para mirarse en el espejo y ver su mejor versión. Verla, y disfrutarla. Pero en La sustancia no ocurre eso. Creas un segundo yo, mejor que el original, pero conviviréis de manera intermitente pues mientras el original duerme la copia vive y viceversa. Es decir, que la Sparkle original pierde su empleo y, encima, se ve relegada a vivir encerrada en su piso mientras su otro yo, en plenitud física y sin ataduras se lanza a vivir la vida padre.
Aquí están los celos… Cuando ve que retiran un cartel publicitario que tenía en frente de su piso para sustituirlo por otro, igual de grande, con la imagen de Sue. Y Sue firma contratos y se mete en el bolsillo a todo el mundo porque es una granada de mano que pasa de mano en mano, sin anilla. Todos quieren sentir el subidón de adrenalina de tenerla en su mano, pero todos quieren soltarla deprisa para que, cuando explote, porque va a explotar, no te ampute el brazo.
Entrar en barrena
Para quien no lo entienda es cuando el piloto de un avión pierde el control sobre su aparato y cae. Pero no cae en picado, sino en barrena, esto es, como una peonza que, al girar orada el suelo y se hunde en él. Lo mismo, pero con un avión y cayendo del cielo a la tierra, en espiral, sin control hasta estamparse en el suelo. Este es el sentido literal de la expresión. El sentido figurado toma la imagen del avión cayendo hasta estamparse para aplicárselo a las personas que, en un momento dado de su vida, pierden el control sobre esta y se derrumba hasta tocar fondo con final fatal.
Sue empezará a distraer los cuidados sobre Sparkle cuando ésta duerme. No será puntual a la hora de alimentarla y cada pequeño descuido de Sue, Sparkle amanece la siguiente vez con una parte de su cuerpo deformada o atrofiada. Esto la hace desear terminar con Sue, sobre todo cuando comprende que esos despistes fatales vienen del apetito sexual de la jovencita. En tanto en cuanto Sue trae a un adonis a casa, la casa de Sparkle, va olvidando los cuidados que la que duerme necesita.
Requiem por un sueño
La cosa va a peor.
Cuando Sue se agota, porque necesita retirarse para descansar, descubre que si se chuta la esencia de la Sparkle durmiente, ella se regenera, se fortalece y puede volver a la faena con fuerzas redobladas. Al principio picoteará en la esencia vital de su creadora, madre y hermana de sangre… y de sustancia. Pero esta sustancia es como cualquier droga. Pruebas un poquito, te seduce, te somete, y cuando el drogadicto piensa que controla, la dosis se queda corta y necesita meterse un chute más grande.
Es el ciclo de la adicción que te hace perder el control sobre tí mismo, te hace perder la voluntad y te estruja y te saca la misma esencia vital que ellas se meten mediante la sustancia. Empiezan los chutes gordos de la esencia, sustancia, vital de Sparkle con las consecuencias físicas que esto provoca en la que la dio la vida. Deformidad y atrofia física…
Si Kafka levantara la cabeza
Voy a mezclar Requiem con Kafka. En concreto con Gregorio Samsa. Dadme un par de minutos, a rodeo por minuto, y me entenderéis.
Para empezar, y después de comentar antes la de La muerte os sienta bien, vamos con los efectos de sonido, el montaje de la peli y la técnica de cámara y filmación. Nada más empezar a precipitarse el ritmo, no tanto narrativo sino de la acción os prometo que me vi catapultado a la peli de Darren Aronofsky. Dicho sea de paso: la mejor película sobre adicciones que haya visto jamás. Y eso que he llevado, durante tres años, la comunicación de unos de mis clientes: un centro de desintoxicación en Madrid. Algo habré aprendido sobre ellas.
La sustancia es una bofetada en la cara. Requiem por un sueño es una paliza que empieza por esa bofetada y termina pateando a la víctima en el suelo, hasta perder las fuerzas, las ganas y la gracia del pateo. Lo expreso así para que comprendáis la fuerza, la violencia y la obscenidad de Requiem. Pero sin recurrir al gore, sino al hiperrealismo distorsionado por los efectos de la heroína. Creo que la parte de intensidad que no termina de alcanzar La sustancia la rellena con el monstruo y la dosis de gore.
De dosis en dosis, hasta la sobredosis
Eso le pasa a Harry Goldfarb en Requiem. Y a Marion, «Lady Marian«. Eso le pasa a Sue en La sustancia. Es la necesidad de aumentar la dosis porque la anterior se te queda corta. Hasta que traspasas la barrera de tu resistencia física, y psicológica, y revientas.
Antes dije «yonkis de esta sustancia» y ya es hora de adentrarme en las adicciones y en Requiem por un dream.
Es ahora cuando se produce el extasis cinematográfico. Que es lo que acerca a estas dos películas. Pues ambas comparten, sino imita la de 2024 a la de 2000, ese ritmo frenético y entrecortado que parece un acelerón tras otro intercalando frenazos y frenos de mano. Una agitación perfecta y constante, del cuerpo, del cerebro… la sufren los protagonistas siendo parcialmente conscientes de lo que están viviendo, y ese parcial distorsionado por los efectos de sus respectivas drogas.
Y agita al espectador, al que incomoda en su butaca. Si lo que está viendo empieza a convertirse en grotesco, de por si, además se acelera el ritmo entrecortado y tintineanto constante que te aturde con humor absurdo y esas dosis grotescas de un gore que, o entras en él y te abandonas a la risa compulsiva, nerviosa y manipulada por el director, o te deja más frío que nada pensando en esa caída en barrena, no de la protagonista, de la película.
Porque Sue, la bella y hermosa Sue tendrá su propia metamorfosis kafkiana. Será la Gregorio Samsa de Hollywood, y se irá convirtiendo, paso a paso en el bicho de la primera temporada de Stranger Things hasta terminar siendo, ella misma, una bestia deforme y repugnante como resultado del deseo de la presentadora de presentar el especial de Fin de Año, aunque eso conlleve infringir otra norma, la obligatoriedad de despertar a su otro yo y descansar ella. Esto terminaráe deformarla y, consigo, deformará a quien la creó.
Sue se convierte en un monstruo repugnante y, lo que es peor, es plenamente consciente de su nueva realidad. Lo grotesco es que sólo ella se percata de su físico vomitivo, y todos los demás la arropan, aplauden y siguen admirando como si siguiera siendo el caramelito que era cuando Sue entró en escena.
¿Body Horror feminista?
De Body Horror no hay duda. De crítica feminista… me da pereza. Pero me remango y vamos con ella.
Mucho se habla del sistema capitalista Made In USA que usa, explota y se aprovecha de Sparkle hasta que, ya vieja, la tira a la basura.
Eso me valdría si, mientras fue joven, no se hubiera lucrado mediante ese mismo sistema. Se ha aprovechado de su cuerpo para saltar a la fama y firmar contratos millonarios durante décadas. Ahora que cuelga la chicha y la arruga deja de ser bella, y que la sustituyen por otra como ella en edad de gustar, pues se queja y la opinión pública pone el grito en el cielo. Está bien renegar del capitalismo cuando dejas de forrarte gracias a él. Yo a eso no lo llamo anticapilasimo, lo llamo cinismo.
Y más cuando las críticas feministas y las anticapitalistas se suman a cualquier causa, por frívola, ridícula, contradictoria, peligrosa y necia que sea, con tal de atacar a Occidente. Al mismo Occidente cuya democracia les permite hablar con total libertad, aunque sea para odiarlo y repudiarlo a favor de regímenes anhelados y deseados, de tiranía, opresión, verdaderos machismos, daños físicos y censura emocional, física, psicológica y social. Porque hay que ser masoquistacarecer de luces para vivir en libertad y anhelar una dictadura.
