Frankenstein, de 2025, la de Guillermo del Toro, es una gran adaptación de la novela homónima escrita por Mary Shelley, en 1818.
Es una buena adaptación literaria. No perfecta, ni muy buena, pero sí buena. Cuando leáis esto podréis pensar que no me ha gustado, pero sí, ya os adelanto que la peli, como película, es una verdadera pasada. Es la adaptación la que me deja frío, pues cuanto más añade del Toro a dicha adaptación, de su cosecha, menos me gusta.
Frankenstein, de Mary Shelley
Ocurre como siempre, el Frankenstein de Kenneth Branagh tenía de bueno lo que respetó de Mary Shelley. Al menos Guillermo se conforma con titular «Frankenstein» su película, Brannagh pecó de la misma soberbia que su Víctor nombrando su peli como Frankenstein, de Mary Shelley, en 1994, y se quedó tan ancho.
Primero porque no tiene sentido alguno incluir el nombre de la autora en el título de la peli. Segundo porque apropiándose del nombre de Mary, pretendía otorgar una pátina de credibilidad al guion de su adaptación. Por lo menos haz como Guillermo del Toro, limítate a usar el nombre de la obra, pero no te apropies del de su autora.
No digo esto de Frankenstein porque tenga una debilidad especial por Mary Shelley, que la tengo. Lo he dicho de tantos y tantos autores cuyas obras literarias han sido pervertidas, o mancilladas, por directores con egos superiores a sus talentos, ebrios de originalidad que han querido hacer algo nuevo de algo existente para darles su toque personal. Si tan bueno eres reescribiendo el trabajo ajeno, ¿por qué no demostrar que eres mejor que bueno y te inventas una historia de cero? Historia nueva, protagonista nuevo, monstruo nuevo… Pero no. Lo fácil es usar el trabajo de otro y hacerle unos retoques para sacar pecho y escudarte en el nombre del autor original.
Remando al viento y El jovencito Frankenstein
Nada que no dijera cuando comenté El hobbit: La desolación de Smaug. Entonces lamenté que Peter Jackson cayera en el wokismo en el que no había caído, gracias a Dios, en El Señor de los Anillos. Y, en dicha caída, arrastró consigo su trilogía, a Bilbo Bolsón, a Tolkien y al cuento que estaba triturando y desmenuzando para alargarlo rellenándolo con absurdas historias e historietas paralelas, paralelos y «paraidiotas«.
Dicho esto, os recuerdo dos títulos imprescindibles para todos los amantes de Mary Shelley y de su Frankenstein. Uno en clave de biopic ficticio: Remando al viento y, el otro, en clave de Humor: El jovencito Frankenstein.
Remando al viento. 1988. España. Gonzalo Suárez
Remando al viento me parece sublime.
La peli definitiva en cuanto a Mary Shelley y su obra. Pero también en cuanto a Lord Byron, y a Percey B. Shelley y Polodori.
Es la peli definitiva en materia de metaliteratura del Romanticismo y de la novela gótica, también. Y es española, para más I.N.R.I. Remando al viento es, como os dije allá por 2022, «la mejor versión de Frankenstein, y no es una adaptación literaria«.
Ejemplo que ilustra, a las mil maravillas, eso que anhelo en el resto de versiones serias de esta novela magnífica. Como decía al principio: cuanto más te desmarcas de la obra original y más metes de tu cosecha cambiando personajes, introduciendo nuevos, con sus respectivas tramas y subtramas, más te alejas del texto original y menos Mary Shelley es, y más del Toro o Brannagh. Y, queridos amigos, ninguno de los dos es Mary Shelley, por lo que ninguno de los subtextos derivados del original, tiene su fuerza y su originalidad.
Insisto: Remando al viento no es una adaptación de Frankenstein, sino del proceso de creación del mito, del monstruo y de la novela por parte de su autora, y de cómo ella vive y convive con su creación atormentada por la vileza del Victor que había parido su mente.
El jovencito Frankenstein. 1974. USA. Mel Brooks
Y eso que, como decía en el primer párrafo, esta versión, la de 2025, me ha gustado mucho. Ahora os explicaré por qué. Pero primero dejadme cambiar de tono, de registro, de género y de todo para dar una pincelada sobre, para mí, la segunda mejor adaptación de Frankenstein en el cine: El jovencito Frankenstein.
Lo que hizo Mel Brooks con Mary Shelley no tiene nombre. Ni adjetivos posibles. Y lo que hizo con su Frankenstein, menos todavía. El jovencito Frankenstein es una de las mejores comedias de la Historia del cine. Al menos para mí que la tengo entre mis tres favoritas, sino la primera: El jovencito Frankenstein + Uno, dos, tres+ La vida de Brian.
Ambas coinciden (la de Mel Brooks y la de Gonzalo Suárez) en que no son adaptaciones. Ambas toman la novela como referencia omnipresente para sus respectivas películas, pero no pretender adaptar la novela. Si la del español buscaba usar al monstruo para bucear en la psique de su autora, la del americano buscaba hacer una parodia, inteligente, del no tan inteligente monstruo de Mary Shelley, por lo que se inventa un Frankenstein que reniega del apellido familiar y se convierte en Fronkonstin.
De verdad, si me estás leyendo y todavía no has visto la peli de Mel Brooks, deja de leerme. Busca la peli y póntela porque vas a encadenar carcajadas de principio a fin de la película. Y te lo pasarás mejor que leyendo a vuestro humilde servidor.
Frankenstein. 2025. USA. Guillermo del Toro
Terminados los aperitivos, y el primer plato, vamos con el plato fuerte de este menú a base de carne podrida, putrefacta, corrompida, comprimida, enterrada y, después, desenterrada.

Como os decía, este Frankenstein mola un montón. No dejaré de deciros lo que no me gusta, que son tres cosas: dos subtramas y el diseño de un personaje. Por lo demás, me parece un ejemplo de virtuosismo y de gusto por el cine de cabo a rabo.
Empezaré por lo que no me gusta, para sacarlo de dentro y luego terminar mi comentario in crescendo.
Lo que no me gusta del nuevo Frankenstein
No me gusta la subtrama que se sacan de la manga, aunque en esta hay dos. La primera es la relación torticera padre/hijo entre Victor y su padre, quien desprecia al primogénito y ama al hermano menor, William. Ya empezamos a buscar traumas pretéritos para justificar aberraciones presentes. Esto sí es WOKE. Es la intención de endulzar al personaje perverso justificando, endulzando y abrazando su perversión.
Ahondando en este aspecto de la adaptación, y para que comprendáis mi crítica hacia la relativización del mal, mientras, como os he contado, en la peli Victor es como es como efecto rebote por tener un mal padre (ataque a la institución familiar, la esencia del wokismo y repetida en casi toda la cartelera de esta década) mientras que en la novela ocurre justo lo contrario.
El moderno Prometeo
El padre ama a Victor, y le brinda toda su atención, y es Victor el que se desmarca de la línea familiar, y se aísla de ella, en pos de alcanzar sus sueños megalómanos. Es decir: en la versión de Shelley, Victor crece rodeado de amor y su conciencia se trunca, y se pervierte, deseando adquirir conocimientos más allá de la psique humana, de ahí precisamente, lo del moderno Prometeo. Juega con fuego y se quema. O para atinar más y mejor mi reflexión, vuela tan cerca del Sol se funde la cera de las alas y palma.
Aún más… en la peli vemos que Victor se refugia bajo los faldones de su madre, que muere por una negligencia médica (y la entierran en una especie de crisálida que no termino de entender). Nada de esto ocurre en la novela. Una vez más buscamos motivos que puedan justificar el resentimiento del villano para que caiga bien a los nuevos espectadores. Primero contra la familia, en la figura del padre y segundo contra la ciencia y la medicina, de la que se desmarca con aires de grandeza.
Subtramas innecesarias
Si Mary Shelley hubiera querido dar protagonismo a un padre retorcido, insensible, mezquino e indolente, lo habría hecho. Pero no, ella se limitó a hablarnos del científico que pierde el norte y empieza a perseguir la gloria y la omnipotencia movido por su egolatría. Que no es poco. Pero no suficiente para el cine de nuestros días en el que rescatamos lo irrescatable y justificamos lo injustificable pues, recordad, que para Mary Shelley, el monstruo no es la criatura sino Victor Frankenstein.
Tampoco me gustan los personajes de la subtrama «la novia de William y su futuro suegro«. Tan profundamente prescindibles. Superfluos, innecesarios y, en el caso de Christoph Watlz, de puro repetitivo, cansino. Porque lo dije cuando vi Django desencadenado, visto en Malditos bastardos, vistas todas (o casi todas) sus interpretaciones. Se salva en Alita: Ángel de combate, en la que cambia de registro. Pero en casi todas las demás se repite una y otra vez.
Prosopografía y etopeya
Vaya por delante que hay dos aspectos en torno a este nuevo Frankenstein. Por un lado su aspecto físico, por otro su aspecto anímico, o lo que equivale a decir su prosopografía y su etopeya. La primera, la prosopografía, o descripción de sus rasgos físicos y de vestimenta, me parece que hace más daño que bien a la credibilidad del personaje.
La prosopografía. Cada vez que aparece azulado, o con trozos solapados, como partes del fuselaje de un avión, me recuerda a Visión, el de Vengadores: Infinity War. Eso me saca de la peli. Cada vez que veo el fuselaje… ¡uf! Se me hace cuesta arriba.
La etopeya del nuevo Frankenstein. Esta parte sí me parece super atractiva. Quizás un pelín hiper sensible, pero es lo que se estila en nuestros días. Sin embargo su dulzura, la manera de expresar las contrariedades ante una vida que le castiga y el amor que destila en sus miradas, junto con el odio, me parecen lo mejor del personaje, y de la película. Si no fuera por el chándal azulado de placas casi metálicas, habría sido un grandísimo monstruo.
A partir de aquí, espóileres
Me meto de lleno en la peli.
En este nuevo Frankenstein, como os decía antes, Victor necesita la financiación de un extravagante traficante de armas. Cómo no… El malvado se lucra alimentando la guerra y de la guerra sacará Victor los cadáveres necesarios para hacer el puzle de dos metros y medio de carne muerta y revivida.
Para llegar a ese punto primero vemos que el tal Henrich Harlander acude a una conferencia ofrecida por el mismo Victor. Un Victor obsesionado con devolver la vida a los cuerpos muertos, pero ni rastro del Galvansimo en la película.
Galvanismo
El Galvanismo hizo furor en el siglo XIX. La sociedad estaba inmersa en la Revolución Industrial que implicó, más allá del acero y del hollín del ferrocarril, ideas extravagantes como la posibilidad de revivir a los muertos mediante la incipiente electricidad.
Eso voló la cabeza a Mary Shelley, y se convirtió en el epicentro de su obra. Porque es esto lo que vemos con este Frankenstein y con todos los que le preceden. ¿O qué creéis que representan las tormentas y los rayos eléctricos a la hora de dar vida al bicho? 100% galvanismo: electricidad acumulada en el cerebro, a modo de pila, que, distribuida a través de los nervios facilitaba el movimiento.
Eso es lo que vemos en la conferencia de Victor. Un pelín grotesca, ruto de la mente de Guillermo del Toro, no de Mary Shelley. Vemos medo cuerpo, con las vísceras al aire y la columna vertebral cortada. Pero lo vemos activo, mediante la electricidad, sin autonomía pero sí respondiendo a las exigencias del doctor que quería demostrar que la suma de trozos de varios cadáveres se podía coordinar mediante esa electricidad y podía darle vida.
Le toman por el pito del sereno y sale con el rabo entre las piernas hasta que se cruza con el traficante de armas que, amén de seguir su teoría, resulta ser el padre de la novia del hermano de Victor. ¿No estamos forzando el guion un pelín más de la cuenta? Digo yo…
La familia
Cuando aparece Lady Elizabeth en escena se acaba la película. No por mala aparición, qué va. Porque se come a Victor, a su prometido, se come a su padre, al monstruo, a Guillermo del Toro y a NETFLIX. Es un tsunami de belleza sensualidad que hace que dejes de estar pendiente de una trama flojita y te centres en ella.
Es un personaje innecesario, prescindible. Pero una vez en escena, lo dicho, se mete la película en el bolsillo, y al espectador también. A mí al menos, he de confesarlo. De hecho, hasta dejo de plantearme si su personaje merece o no estar en la peli. Es un ángel… caído, porque aparece en escena al más puro estilo Hamlet. Pero luego la vemos admirar a los insectos y la vemos como se siente atraída por la bestia indómita del monstruo.
Por no mencionar, si recuerdo bien, el paseo que se da, toda emocionada entre cadáveres, cosa que me recuerda a la visita que hice a una amiga de Sevilla, Bea, que estudiaba para dentista y me dio un paseo por la morgue de la Facultad, como quien te lleva a la biblioteca para que veas sus libros preferidos pero con cadáveres tumbados en las mesas con etiquetas colgando del dedo gordo del pie.
Antesala de la doble moral victoriana
Así se las gasta esta Elizabeth gótica, más gótica que todos los que rodean a la producción de la peli. Un ángel macabro que tilda de dulzura todo lo grotesco y retorcido que tiene la muerte.
Nada tiene que ver esta Elizabeth con la de la novela: en la peli es científico (entomólogo), tiene personalidad, carácter y está prometida con William mientras que en la novela es una mujer pasiva proto victoriana en la que la sumisión femenina, su represión sexual y su sentido de la decencia, de la virtud y de la moral sólo eran comparables a la hipocresía con que se vulneraba todo ello dando lugar a la doble moral victoriana.
Por todo eso esta Elizabeth no sólo no se ajusta a la mujer del texto sino que tampoco se ajusta a la mujer británica de 1818, ejemplo del revisionismo histórico al que nos somete el wokismo que pretende mirar el pasado con ojos de hoy mediante un presentismo perverso.
Elyzabeth
Pues bien, esa es la prometida del hermano flojete de Victor, un tal William, y todos sabemos desde que aparece la princesa de la muerte que la suerte de William es la del cornudo. Vamos que si lo sabemos. Lo sabe Victor, lo sabe ella, lo sabe el padre de ella, lo sabe Guillermo, tú, y yo. Lo sabemos todos menos el pusilánime de William que no espabiló de pequeño porque el padre lo mimó y acurrucó y sobreprotegió colmándole de caprichos superfluos pero no se detuvo a explicarle los pormenores de la vida, que es muy puñetera.
El hecho de presentarla como prometida del hermano de Victor cambia la identidad del personaje y su relación con Victor.
No se queda ahí la cosa…
Elizabeth muere de la manera más ridícula en la película: Victor dispara al bicho y ella se interpone y se come la bala. Semejante tontería sirve para que sigamos empatizando con el monstruo, que lamentemos una relación sentimental que se trunca de raíz… ¿con el monstruo? ¿Necrofilia? Por el amor de Dios, cada paso que nos alejamos de las obras originales más cargamos de pecados a los personajes y más justificamos sus pecados. En este caso el guion pretende hacernos ver que Victor, sea a conciencia o por error, va aumentando su bola de resentimiento y de errores uno detrás de otro.
En la novela Elizabeth muere a manos del monstruo. Es la criatura la que asesina a la muchacha en venganza porque Victor no le da una pareja femenina para que juntos puedan huir y refugiarse en lo más profundo de la naturaleza salvaje. La mata en su boda. Menudo cambio de muerte, ¿verdad? Pasamos de intencionada y perversa, por parte del monstruo a accidental por parte de Victor.
Puestos a dar matarile…
No me resisto a comentar aquí, y ahora, otras dos muertes y sus respectivas diferencias con la novela.
La primera es la de William, muerto a manos del monstruo, correcto, pero de tal manera que deja en el aire la sospecha, o la duda, de que ha sido asesinado por una criada que ni aparece en la peli, por lo que dentro de la cadena de dramas, ella misma termina siendo ajusticiada, injustamente, por un asesinato que no ha cometido.
Todos estos cambios, no solo en la naturaleza de las muertes, sino en la esencia de la misma violencia, exoneran de responsabilidades a sus responsables y crean una atmosfera de «todo es fortuito» que limpia las conciencias de los culpables para que los espectadores del siglo XXI puedan dormir a pierna suelta arrullados por el buenismo.
La evolución del padre, hasta su defenestración, y la verdadera razón por la que financia todo este experimento, sincera y sencillamente, sobran. Luego profundizaré en este aspecto.
Subgénero narrativo, epistolar
Esto es lo que más me gusta a mí de la peli y, sobre todo, de la novela. Que su narrativa es epistolar, esto es: refleja el intercambio de cartas entre dos personajes, uno de los cuales, escribiendo al otro, nos narra toda la historia.
El narrador es Victor Frankenstein, a través de las cartas que el capitán de un barco danés, escribe a su hermana para contarle la extraña vida de un tipo que han encontrado en el hielo del Ártico. Ese extraño es Victor, que ha llegado hasta allí persiguiendo, o perseguido, tanto monta, monta tanto al monstruo.
Digo que el narradores Victor, aunque quien escribe es el capitán del barco, porque el capitán refleja, casi transcribe, las reflexiones que hace Victor en voz alta.
Está herido y medio congelado y el capitán le da cobijo y le procura cuidados mientras que él empieza a narrar la historia del monstruo del que huye, o al que quiere dar caza… un poco de cada cosa. Esa es la historia que irá contando el capitán a su hermana, de carta en carta.
El puzle macabro
Ya lo anticipé antes. Me refiero a las partes que sirven para montar el monstruo.
Victor va cogiendo piezas, o partes, de ahorcados y, en su tramo final, se desplaza hasta Crimea para rebuscar los cuerpos que mejor se ajusten a sus necesidades entre los muertos del campo de batalla, precisamente, en Crimea, uno de los focos de actuación del benefactor y traficantes de armas, que urge a Victor a avanzar y a terminar con los experimentos para ver el resultado final.
No podemos olvidar que, en esta versión de la novela, Harlander es quien hace posible todo: él pone la pasta y con ella facilita la torre en la que Victor se ha aislado para trabajar, pone las partes de los cuerpos que luego se ensamblarán y pone todo el mantenimiento y manutención que hace posible la vida cotidiana del científico.
Al final comprendemos las prisas del magnate cuando nos cuenta que padece sífilis y si está financiando la creación de la criatura de Victor es porque aspira a que Victor meta su cerebro en el cráneo del bicho para poderse perpetuar en otro cuerpo. Una sarta de tonterías que sirve para retorcer estérilmente un argumento que, como funciona de verdad, es sin ser retorcido.
Un final empalagoso, 100% WOKE
Ya he apuntado al cambio en la esencia misma de la violencia, y del horror. Este Frankenstein se nos presenta más humano que los humanos, mientras que en la novela anhelaba humanidad, hasta que se hartó de hacerlo y terminó de envilecerse.
El final de la peli es una pocholada. Victor huye, como decía al principio, pues la narrativa es circula y termina donde empieza, y el monstruo le persigue hasta el Ártico. Bien. Eso es todo cuanto se respeta de la novela. En la peli vemos que Victor se redime, pide perdón al monstruo y se dirige a él como «hijo mío«. Se me pone la piel de gallina según os lo cuento. Y se me satura el lacrimal. ¡Qué bonito! Papi… si hicieran un remake de Bambi fijo que no muere el padre, para no herir la sensibilidad de los espectadores.
Y luego el monstruo, cuando su papi muere en paz, porque el monstruo perdona los actos del padre (Nietzsche se retorcería en su tumba si viera la peli), ayuda a los tripulantes del barco a desatascarlo del hielo. ¡Él solito es capaz de romper el hielo que tiene apresado el casco del barco y lo endereza a pulso! Otro que se cayó en la marmita de poción mágica. Y allá se va, caminando por el hielo con el sol de fondo, como Lucky Luke.
Seamos serios
En la novela Victor huye del monstruo porque sabe que si cae en sus manos lo descuartizará. Aquí tenemos al padre Abraham tumbado en la cama y uno de sus pitufos, el más crecidito de todos, le hace el gestito del corazón uniendo los dedos índice y pulgar de ambas manos.
Nos presenta, del Toro, un Frankenstein redentor en el que todos se quieren y se perdonan mientras que la película real la bestia es bestia y como tal se porta. Ha nacido profanando la Naturaleza con su alumbramiento galvánico y trunca vidas y las estruja y las destruye porque se siente solo, amargado, deprimido, insatisfecho, alienado, apartado, marginado y sólo siente sed de venganza hacia Victor y la proyecta en el resto de una Humanidad que le ha despreciado y maltratado cada vez que ha cruzado su camino con alguien.
Victor, el Victor literario, el de verdad ni perdona ni olvida. No espera, ni desea ser perdonado, pero tampoco perdona él. Esta versión pervierte la interpretación filosófica del Frankenstein de Mary Shelley y se lo lleva al prisma emocional arrimando el ascua a la exaltación de emociones y sentimientos WOKE haciendo que desviemos la atención del horror existencial, experimentado por creador y criatura en la novela, y lo convirtamos en una orgía de amor y sensibilidad.
Dicho algodón de azúcar que nos meten en los guiones de hoy en día para hacernos sentir bien con todo.
Lo mejor…
Lo mejor es que, aún así, con todo lo dicho, la peli se deja ver, es entretenida y tiene un diseño de producción fantástico. Ambienta la Inglaterra, y la Europa, contemporánea con maestría y parece que fueras desplazándote por sitios de época después de hacer un viaje en el tiempo.
Frankenstein en el fancine


