Hay pelis que se salen del circuito comercial porque apuestan por la autenticidad y por la libertad absoluta y, El corazón de la bestia es una de ellas.
Es verdad que contar con Brad Pitt te ayuda un pelín a la hora de tomar ese tipo de decisiones, y a salvar un guion que estaba acumulando polvo. Porque es así, esta peli llevaba escrita, que me conste, desde 2017, pero nadie se había animado a hincarla el diente. Algo parecido a lo que ocurrió con Buried (Enterrado) que terminó filmándose porque Rodrigo Cortés dijo aquello de «sujétame el cubata» y se hizo con un guion que nadie se había atrevido a materializar.
Del mismo modo nació esta joyita. David Ayer levantó la mano y dijo, «esta peli pa’mí» así, apocopado y todo, y con acento castizo, y engatusó a la productora Wild Chickens Productions y se lió la manta a la cabeza y se puso a filmar. En 2025 se subió al barco Plan B Entertainment, para quien no lo sepa, es la productora de Brad Pitt a quien tuvo que gustar el proyecto porque no sólo se embarcó sino que se puso al timón y la protagonizó.
Que se suba Brad Pitt a tu barco ayuda. A partir de sumarse al proyecto se sumaron algunas otras productoras y Paramount Pictures se apuntó a la distribución. E resto fue coser y cantar y el resultado lo tenemos en la cartelera, con una peli que costó 80M de dólares y lleva recaudados más de 180M.
Por poner un «pero» se lo pongo al puñetero traductor que, en vez de traducir el título The heart of the beast por El corazón de la bestia, va y lo traduce «En el corazón de la bestia«. ¿De dónde se saca la preposición «en«? De la chistera. Con un par.
Veracidad
La naturaleza de esta peli, sobre la que hablaré un poco más adelante, obligaba a pensar en la necesidad de hacerla veraz. Que no pareciera ni una ida de olla ni inverosímil. Tenía que ser vista y creída. Y ser creíble implicó tener que adiestrar, por igual, a sus dos protagonistas, que son de armas tomar por igual: el uno es Brad Pitt, que interpreta a James Belmont. El otro se llama Uber, y Seeka, y Ryker, y todos ellos encarnan a Odín.
Odín es un pastor alemán. Tiene una pata amputada, sustituida por una prótesis, y la dentadura de titanio. Belmont no tiene ningún daño aparente, pero por dentro tiene la cabecita destrozada por el estrés postraumático, cosa que comparte, también, con el perro, que no se priva de nada. ¿Os acordáis de John Rambo, en Acorralado? Pues lo mismo, pero estos dos con algo más de suerte, porque la vida de militares retirados no les ha dado una patada en el culo.
Estos dos volvieron del frente, con sus taras, pero encontraron una vida mejor que la que encontró Rambo, y mejor que William james, por supuesto. Alienados de la sociedad, cierto es, pero felices en su mutua compañía. El que no sepa quién es William James es que no ha visto En tierra hostil, de Kathryn Bigelow en 2008. Pues ya estás tardando en dejar de leerme y en buscarte esta otra peli porque es un peliculón que nos habla de un TEDAX en Iraq, incapaz de reinsertase en la vida civil y yonki de la adrenalina de tenerse que enfrentear a coches cargados de bombas.
Todavía no he empezado con esta peli y ya os he recomendado o tras tres. Cada cual mejor, creedme. Y, dicho esto, vamos con la peli de hoy. He llamado «veracidad» a esta sección, y todavía no he aportado un dato que lo justifique. Así que me ato los machos y, ahora sí, me pongo con ello.
Veracidad 2º intento
A ver si ahora…
Primero os explicaré a los dos protagonistas.
James Belmont es un Special Forces Command Sergeant Major retirado, que equivale a un Suboficial Mayor del mando de Operaciones Especiales en España (OR9 en la escala OTAN. Vamos, la repera). Odín es su perro de combate y ambos sufren estrés postraumático.
Por eso viven en Alaska, en el culo del mundo, civilizado porque un puñado de españoles la civilizó. Unos soldaditos de la Armada Ilustrada o Armada Real, ya en época borbónica, en el siglo XVIII, que defendieron el territorio español de Alaska del Imperio Ruso. No me negaréis que no aporto datos interesantes, ¿eh?
Pues bien, nuestros protagonistas viven allí porque se han retirado de la vida militar y porque su vida militar les ha retirado de sus vidas como civiles. Al menos al humano, al perro ya veremos.
Veracidad, a la 3ª va la vencida
Shaun Dezern es quien se ha hecho cargo de esa veracidad al hablar de supervivencia. Por fín llego al tema.
No querían que la peli pareciera tan falsa como los programas de supervivencia de Bear Grylls, a la sazón el Jefe Embajador del movimiento Scout y, que conste, que yo soy Scout, pero no un fantasma. Por eso contactaron con tres personas para que, desde sus respectivas experiencias aportaran detalles, aspectos y comportamientos dignos de un verdadero veterano, para que esa veracidad aporte realismo a la peli.
Os hablo de un veterano, también retirado, de la unidad de Misiones Especiales de la Armada de los Estados Unidos. Según leo en su expediente fue Navy Special Warfare, Marine Special Operations Command y médico con más de dos décadas de servicio. Este, obviamente, se encargó de asesorar en los aspectos de supervivencia, detalles tácticos, primeros auxilios, uso de brújulas y mapas, manejo de armamento y, lo más complicado de todo: se encargó de instruir a Brad Pitt en cómo meterse en la cabeza de un combatiente retirado y atormentado.
También contaron con Leaf Swenson, instructor de la escuela SER (Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape), también para la supervivencia en el bosque, pero este en condiciones extremas.
Como veréis la cosa iba en serio y si hay alguien capaz de mutarse en excombatiente, y en un tipo que anhela, por encima de todo, la Libertad, ese es Brad Pitt.
En el corazón de la bestia

James Belmont y Odín son el equipo perfecto.
Han fraguado su amistad en años de combate en la primera línea del frente. Más que amistad podría hablaros de camaradería, porque eso es lo que realmente son: camaradas. Dos soldados, humano y canino, pero soldados, fajados en mil batallas, supervivientes de mil bombazos y ambos han tragado metralla hasta tener más plomo en el cuerpo que metal el Señor de hojalata de El mago de Oz.
Porque otra cosa no, pero ambos han pasado en reiteradas ocasiones por la enfermería, y por un hospital de campaña. Para muestra Odín, el Blas de Lezo canino, cojo de una pata, con cicatrices por todo su cuerpo y una dentadura de titanio, porque un iraquí le reventó la original, no se recuerdo si a patadas, pero el cómo da igual, teniendo en cuenta el qué.
Camaradas durante y después de la guerra
Ambos están bien curtidos, y ambos se han salvado la vida mutuamente cuando todo parecía que la muerte los reclamaba. Y ambos tienen recuerdos nefastos de su paso por el frente y, ahora licenciados y retirados, huyen de la Sociedad a la que han protegido con su sangre, y con la sangre y la vida de sus otros camaradas, que no tuvieron su suerte.
Resulta paradójico entregar media vida a tu Nación luchando por la Libertad, y por la Democracia y lograr sobrevivir a la guerra, volver a tu Patria y no poderte reinsertar en una Sociedad que vive de espaldas a la verdadera razón de sus derechos: que tienen unas Fuerzas Armadas que velan por salvaguardar su estilo de vida. Unos soldados que entregan lo más preciado, sus vidas, para que sus compatriotas ignoren su sacrificio.
En el corazón de la bestia
No voy a reiterar mi pesadumbre por la mala traducción del título porque es una batalla perdida, como tantas otras.
Me pongo pues, a comentar la peli, y a hablaros de las peripecias que estos dos protagonistas, tan genuinos, tendrán que vivir para sobrevivir una vez más. Pero vayamos por partes, y no anticipemos nada.
Ya os he dicho que ambos padecen trastorno por estrés postraumático. Algo tan difícil de entender como revivir tus pesadillas bélicas todos los días. Y todas sus noches, como vemos que le pasa a Odin, que se mueve y se remueve por la noche, y aúlla, y ladra nervioso en medio del sueño. Eso les ha llevado hasta Alaska, en donde viven una vida maravillosa inmersos en el bosque. No os negaré que ese es el tipo de vida que me gustaría vivir a mí, después de mi primera opción, que sería en un velerito para poder zarpar y navegar de aquí para allá.
James Belmont tiene un hidroavión pequeñito para ir de lago en lago buscando las desembocaduras de los ríos para pescar truchas. En algunos casos, no pocos, salmón, pero la trucha, y la cola de rata, pescando con mosca las truchas es algo más que un deporte, es toda una filosofía de vida.
Que se lo digan a Brad Pitt que protagonizó El río de la vida, precisamente pescando truchas. La comenté en 2010… ya han pasado dieciséis años. Por Dios, cómo pasa el tiempo. Si visitáis ese comentario de película veréis que sigue con el formato original de cuando esta Web no era más que un blog…
Alaska
Alaska es un territorio salvaje, fascinante e increíble, en el que la huella del ser humano todavía no ha desfigurado su entorno natural. Os decía antes que me fascinaría vivir una vida como la que vive James, y lo decía en serio.
Acuatiza su hidroavión, o amara, o incluso ameriza… términos válidos, por igual, para describir el aterrizaje de un hidroavión sobre el agua, sea dulce o salada. La amarra cerca de la orilla y, todavía más romántico que la pesca, asienta un campamento y dedica buena parte de la tarde a lo más bonito que se puede hacer en un bosque: recoger leña, y piñas, para hacer una fogata. Buscas cantos rodados, haces una circunferencia, sacas medio metro de tierra para cubrir con ella los cantos y darle forma de volcán. Limpias el suelo circundante, para evitar sustos, y dejas la leña preparada para no tener más que encender una cerilla y disfrutar un buen fuego en el que asas las truchas, o el salmón, recién pescados.
Eso, señorías, es calidad de vida. Y si terminas de cenar, con la noche cerrada, con un manto de estrellas sobre tu cabeza, una linterna en la frente y te haces un café, válgame el cielo, sólo falta encenderte una pipa y disfrutar. Luego te tiendes al raso, con un aislante (retiro la palabra a todo el que lo llame «esterilla» o «colchoneta«) y te metes en tu saco de dormir, con el machete en el regazo porque nunca sabes qué te deparará la noche, por si tienes que abrir el saco en canal para poder salir. Y quedarte dormido escuchando los aullidos de los lobos, chacales y las pisaditas de los zorros que, como te despistes, te dejan sin despensa. Mapaches… todo salvaje.
Pues esa es la vida de esta pareja de excombatientes alienados del mundo. Huyendo del mundo. Haciendo de la naturaleza salvaje su único mundo. Y no he mencionado los osos, que yo descubrí acampando en Minnesota, y en el sur del Canadá, hace de esto treinta y cuatro años ya. Osos que merodean por tu campamento y campan a sus anchas, por eso James cuelga su comida en un saquito, para mantenerla fuera del alcance de las alimañas. Osos que paran el tráfico porque se pasean por el asfalto caliente como Pedro por su casa.
El vejete
Les vemos deambular sin rumbo buscando alces para fotografiar. Hasta que se topan con otro marginado, pues al final es lo que son, que deambula, igualmente, por Alaska, a bordo de una canoa.
James es desconfiado por naturaleza, y no se fía del señor que les ha encontrado. Aún así, aunque algo reticente, le invita a cenar al calor de su hoguera, y hablan. Poco, pero hablan. Porque la gente de aquesta guisa son gentes de pocas palabras, porque se han refugiado en el silencio del bosque, huyendo del bullicio. Y para ellos todo ser humano, como el oso, y el lobo, es un enemigo potencial, de ahí que desconfíe de las intenciones del vejete, que avisa a los protagonistas de la tormenta que se avecina.
El invitado, después de gozar la hospitalidad de los dos veteranos, y lejos de liarla parda, como podríamos esperar, amanece antes del mismo amanecer y recoge sus bártulos y se lanza al lago, huyendo de la tormenta que vaticinó y que empieza a formarse en el horizonte. Pero antes de marcharse, sin despedirse, agradece la hospitalidad dejando un libro para James. Y desaparece a golpe de remo.
La tormenta
Ya no se barrunta, amenaza con descaro con descargar un chaparrón de los de chúpate dómine. James había amarrado su hidroavión, y lo había fijado a tierra firme mediante cabos y cabuyería (el arte de los nudos es el arte que más vidas ha salvado en altamar y cuando haces vivac). Pero el oleaje del lago presagia desperfectos en el hidroavión si osan capear la tempestad, por lo que deciden recoger el campamento y poner pies en polvorosa.
Habéis leído «oleaje» y os estoy hablando de un lago interior. Habéis leído bien. Yo crucé, navegando, el Lago Superior, en el Midwest americano. Lo crucé para ir de Minesotta al Canadá, y creedme que es una odisea. Tiene corrientes de agua y verdaderas mareas. Tiene olas increíbles y faros que no apuntan hacia fuera, hacia la mar sino hacia dentro del lago, para evitar que los buques, y los super buques que lo navegan se estrellen contra los acantilados.
Dicho y hecho. Levantan el campamento, meten todo en su casa móvil y despegan rumbo a cielos despejados, pero por el camino, inmersos en la tormenta, James sufre un infarto y el hidroavión atraviesa un bosque golpeando ramas y troncos, Odín sale despedido del pájaro de hierro y el piloto se estrella en medio de ninguna parte. Empieza la aventura.
Casi 100 Kms.
Es lo que les separa de la civilización.
James encuentra a Odín, y los dos se encaminan hacia una caminata de armas tomar. Se las verán canutas, superando todo tipo de obstáculos. Cruzan barrancos aprovechando árboles caídos, escalan, resbalan, suben y bajan y caen al río, un torrente brutal que te pone la piel de gallina intentando imaginarlo desembocando en Paiporta y arrasando con todo y con todos los que se le ponen en el camino por culpa de la política ecologista de no limpiar los montes.
En un torrente de esos cae nuestro protagonista y Odín galopa por la orilla hasta que logra echarse al agua para morder a su presa, su dueño y amigo, con sus dientes de titanio y tira de él, y lo arrastra, y lo salva sacándole del agua medio inconsciente por la paliza recibida, no sólo en la caída al agua, sino por las corrientes desenfrenadas y los golpes en la cabeza, las piernas y la espalda contra el lecho del torrente y contra toda roca saliente.
La escena del oso es pavorosa. Ver una mole como esa, de pie, amenazando arrancarte la cabeza de un zarpazo impone mogollón. A todos, a James y a los espectadores, menos a Odín, que aguanta su palmo de terreno impávido, sin retoroeder, sin dar un paso atrás, presto para saltar sobre el oso si el oso osa saltar sobre su camarada. En esta escena vemos el cariño y la lealtad mutua que se tienen el uno al otro. Cada uno vela por su camarada, antes que por uno mismo, y en este caso el perro demuestra no temer al oso, o temerlo sin demostrarlo, plantando cara a la bestia.
Los lobos
La manada de lobos marcarán un antes y un después en esta historia.
Faltan menos de dieciocho millas para abandonar el bosque, pero llevan un par de días topándose con un lobo con cara de malas pulgas. Ver al lobo, y al pastor alemán, que es un perro lobo, me hace reflexionar sobre lo injusto que ha sido el ser humano con el lobo pues, tras domesticarlo, lo ha corrompido y echado a perder haciendo evolucionar al lobo en perro y de perro a ratas caninas como el caniche, el perro salchicha y algunas otras aberraciones contra natura que hacen del perro un triste reflejo de lobo que fue su antecesor.
El lobo nos acompaña desde mediados del Paleolítico, pero sobre todo desde el Neolítico, cuando aprendimos a domesticar caballos, toros, vacas, cabras, ovejas… y lobos, convirtiéndolos en perros. Mastines, pastores alemanes y belgas, dóberman, gran danés… son los nietos dignos de los nietos de esos lobos. A diferencia del chihuahua, de todas esas razas de bichos cuadrúpedos que salen a pasear con jersey y no pesan ni medio kilo. ¿Que pensaría Ayla, la mujer que adoptó a un lobo en El clan del oso cavernario, si viera una de estas piltrafillas de ladridos agudos…
Pues esos lobos, los de verdad, serán los que acosen y ataquen a los protagonistas, y nuevamente se protegerán mutuamente, pero esta manada es harina de otro costal y, pese a que la sobreviven, James queda malherido y sale maltrecho de la refriega. Tiene desgarrado medio estómago y Odín se ha dado un baño en sangre propia y ajena que le servirá para sumar otra pesadilla más.
Amor a la Naturaleza
Toca sesión de supervivencia in extremis, a contrarreloj y perdiendo sangre, pues James ha salido tan mal parado que pierde sangre y más sangre, sin poder cauterizar la herida, sin poderla tapar, curar, desinfectar ni taponar.
Se desangra y sabe que va a morir. Lo asume cuando termina el bosque y se ve al pie de una llanura que sabe que no logrará cruzar. Aquí aflora de nuevo el camarada que piensa antes en su hermano de trincheras que en sí mismo. A lo largo de la peli hemos visto flashbacks que nos explican de donde viene su estrés post traumático. Desarticular células de terroristas islamistas. Combates en el desierto, combates urbanos, bombas, minas y granadas. Patadas en la boca…
Ambos han pasado por todo y todo lo han superado por su mutuo amor. Vemos cómo James acoge al perrito cuando no es más que un cachorro y vemos cómo lo adiestra y cómo éste ingresa en el ejército y cómo se convierte en algo más que su mascota, y en algo más que su camarada de armas, en sus ojos dentro del humo de una bomba, en su tacto bajo un edificio que ha colapsado por las bombas terroristas… en su hermano de sangre.
Odín
James no tiene fuerzas para salvarse. Es la primera vez que va a rendirse, no sin antes librar su última batalla, la más dura de todas, aprovechar su último aliento para salvar a Odín. El perro lleva un arnés militar en el cuerpo, no un chalequito de margaritas para sacarlo de paseo. Lleva botiquín, pilas de repuesto, comida para el perro, brújula, lleva de todo a cuestas, es lo que tiene pasar por el ejército. Y entre ese todo, lleva papel y lápiz.
Casi no puede abrir los ojos. No le quedan fuerzas. Pero James busca ese papel, y ese lápiz, o boli, para escribir quién es Odín.
Narra cómo lo conoció, y narra que ha sido un perro feliz, aunque él, como dueño, le ha hecho cruzar el infierno de la guerra en muchos frentes y en muchos conflictos. Escribe, y describe, todas sus mutilaciones, y explica su estrés, y sus malas noches, y sus miedos azuzados por los malos recuerdos. Lo escribe todo, y lo guarda en el arnés, junto con sus placas de soldado, para que quienquiera que se encuentre con Odín sepa quién es, de dónde viene y pide a quien lo encuentre, que lo acoja, que le ame, que le cuide y que le de una vida mejor que la que él le ha dado.
Odín llora a James. Se acurruca en su regazo y se deja acariciar por unas manos cuyos dedos se enfrían por falta de vida. Hasta que su amo, su hermano, su camarada, su padre y su amigo muere mirando al horizonte y tumbado al pie de un risco sobresaliente cuya distancia hasta el valle no ha podido, ni lo ha intentado, sortear. En la carta que ha escrito pide que dejen que sus restos descansen en paz en el mismo sitio en el que va a morir, para nutrir a la naturaleza que le ha dado la felicidad y le ha regalado la vida hasta que se la ha cobrado como pago.
Odín se enfrenta a una nueva vida, sin James. Galopa como alma que se lleva el diablo, soltado el lastre del humano moribundo y se topa con una carretera y con una camioneta de la que se baja una muchacha que lee la carta y le invita a subir al asiento del copiloto.
A rey muerto, rey puesto.
Películas mencionadas




